miércoles, 26 de marzo de 2025

La Mitad de un Credo, Emilio González Déniz

 Es una novela corta que relata la conocida historia de El Corredera, sin llamarle El Corredera, sino Juan Buganvilla.


Es la tal historia ciertamente peculiar. Sigo el libro, porque no he leído en detalle la historia real. Juan es un joven completamente ajeno a la situación política del momento. El levantamiento militar lo pilla sin tener ni idea de lo que está pasando. Como aquí en Canarias prácticamente no hubo resistencia enseguida comenzó la represión. Y a los jóvenes se los obligaba a alistarse para  «defender a la patria» es decir, unirse al ejército golpista. Y por otro lado están los ajustes de cuenta nocturnos. 

Juan está recién casado y por alguna razón se le ha metido entre ceja y ceja a alguno de los que llevan pistola, por eso huye. Permanece huido, aunque sin salir de la isla, durante  casi diez años. Cuando ya parece que los ecos de la represión se han apagado, tímidamente regresa a casa. Pero ocurre un incidente que lo obliga a matar a un hombre y, al escapar, un policía muere. Así que está, de nuevo, huido. 

Y así transcurren otros diez años. Permanece en el monte, escondido, pero a la vista de todos. Todos saben quien es y por qué está huido, pero no es delatado ni siquiera por los mismos  «agentes del orden» que prefieren no meterse en líos políticos. Se considera, en general, que la huida de Juan es más por razones de injusticia política que por razones de criminalidad social.  

Por fin, un incidente casual, una herida de cierta gravedad, obliga a Juan a entregarse o ser entregado, que es lo mismo, porque es para salvar su vida. Entonces, pese al paso de los años, se le aplica la ley con rigurosidad y es condenado a muerte. Ninguno de los intervinientes parece hacerlo de buena gana, simplemente se ven abocados a aplicar el procedimiento. Se piden absoluciones, conmutaciones de pena, pero no se consigue nada. Se llega tan lejos como al propio generalísimo o el mismo Papa, pero la pena es cumplida y ajustician a Juan.

Me ha gustado, teniendo en cuenta mis últimas reseñas sobre obras de Emilio en este mismo blog. Tiene una escritura ligera, sobria y directa. Organiza bien la información, aunque noto algunas repeticiones. No tiene misterio, ni tensión, es más bien un tono de reportaje periodístico. Estaría más cercano al estilo de A sangre fría, de Capote que al estilo de Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, como sugiere el prologuista, JJ Armas Marcelo, por cierto, reciente Premio Canarias de Literatura, vaya con esto mi enhorabuena. 

No llegó a impactarme tan favorablemente como Bastardos de Bardinia, pero está en esa onda que es la mejor de don Emilio. Tampoco creo haberla leído como se merece; quiero decir que merece una lectura de un tirón, que es como de verdad se captarían los aromas esenciales de esta novela corta. Y no dudo en calificarla su segunda mejor novela. 

La compré porque se acaba de reeditar, originalmente es de 1989,  por una editorial de distribución nacional, por recomendación del extinto embajador de las letras canarias, Alexis Ravelo. El otro día acudí a la presentación  de esta nueva edición en el Gabinete Literario.  Allí comentaba, d. Emilio, que más que escribir una novela sobre el Corredera lo que había escrito es una novela sobre el mito de El Corredera. Es decir, sobre ese proceso de construcción de un personajes mítico a partir de una realidad concreta. Un proceso que no para de crecer, de evolucionar, de añadírsele matices y que alcanza un punto en que es más creíble como mito que como realidad. Quiero decir que llega un momento en que la gente misma que vivió el momento y conoció a los personajes  cree más en lo que se relata en el mito que en lo que ellos mismos vivieron. 

Visto así, la historia que cuenta d. Emilio en La mitad de un credo es más una contribución al mito que una constatación histórica.  En cualquier caso es una novela que emociona sin ser sensiblera, y que se nos hace veraz, principalmente por contribuir a la construcción de ese mito. 

A ese respecto yo diría que aporta esas escenas de la despedida de Juan, poco antes de ser ajusticiado, en el despacho del director de la cárcel, junto al obispo, sus hermanos y el abogado,  digna de una de esas pinturas históricas al estilo de la del ajusticiamiento de los Comuneros o ...(mi pobre cultura, también pictórica, me impide añadir otro ejemplo, pero tengo la imagen  genérica del tipo de pintura al que me refiero en la cabeza, qué lástima que esta pobre tecnología aún no me permita mostrarla). 

Otra de las alusiones contenidas en el libro pero no declaradas explícitamente es al entonces obispo de la diócesis Canariense, creo que se dice así. Allí es Antonio Zarauz, pero es clara la referencia a Pildain, un obispo tan cuestionado como respetado. Cuestionado por su fanatismo pacato sobre todo en lo referente a los peligros de la lujuria, pero muy respetado por su compromiso con los necesitados, y sobre todo su compromiso contra las injusticias criminales cometidas durante el periodo de guerra y posguerra. Otro personaje mítico en realidad del cual se relatan escenas de dudosa verificabilidad como esas de ponerse delante de los vehículos que, con intenciones homicidas trasladaban a sus pobres víctimas a las afueras de la ciudad, pero de las que muy pocos dudan. 

Hace poco leí la historia de El Rubio, implicado en el caso del secuestro de Eufemiano Fuentes, que, por cierto, equivoqué de blog, y no es extraño que, en su momento, se quisiera ver como una especie de reencarnación de El Corredera. De hecho es un personaje que, por las situaciones en que se ve inmerso, sea responsable o no de ellas, que es algo de lo que todavía se duda, encaja a la perfección en el mito del Corredera, como tal, y demuestra como ejemplo la existencia de ese concepto de mito.  Un personaje, que ante una atribución dudosa de un crimen, se ve obligado a huir. No consiguen dar con él. Comete un crimen, esta vez sí, de hecho, pero obligado por las circunstancias, y al final, no podía ser de otra manera, según el mito, es juzgado y condenado. Tal vez, obligado por el mito, es por lo que Ángel Cabrera se presentó en los juzgados a pocos años de que sus supuestos crímenes prescribieran para la ley. 

No dudo en que, en los próximo decenios, alguna vez, volverá a surgir un personaje de estas características. Y volveremos a recordar la historia de El Corredera. No estaría de más que eso significara una reedición del libro de d. Emilio. 


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