lunes, 31 de julio de 2017

El triunfo de la mediocridad o ¿es que acaso no somos más?



Cada vez que leo una de esas críticas en contra del exceso de publicaciones me siento culpable y me pregunto, ¿seré yo, Señor? Y es que, sí, yo también he publicado sin merecerlo, sin más criterio “que el poder autofinanciarme la obra” (Alvaro Perdigón en Dragaria) y en justa recompensa no he sido leído.

Puesto que no he sido leído supongo que es que no seré bueno, mínimamente. Y este es otro puñalito que se me clava en el corazón de mi sentido de culpabilidad que es muy susceptible.

Son muchas las voces que claman, airadas, en contra de esta moda de publicar a diestro y siniestro saturando el ámbito literario de obras sin calidad, sin sentido y, a veces, sin ortografía. Limitándome a Dragaria, Anghel Morales dice “Hay mucho intrusismo en la literatura canaria/.../ Yo creo que hace falta periodismo de opinión, crítica literaria/.../Hay que decir qué es lo que es bueno, pero también hay que decir qué es lo que es malo”.
Me viene a la mente no sé qué congreso de ratones y gatos y cascabeles. Es cierto que se echa mucho en falta un poco más de opinión y un poco menos de amiguismo. A menudo escuchas frases como “yo solo puedo escribir de lo que me ha gustado”, y a menudo esas relaciones se componen de una serie de alabanzas sin excesiva justificación, o con excesiva estandarización en las frases elegidas para justificar el propio gusto que hacen que uno acabe por no creerse demasiado la opinión o por no encontrar verdadera opinión en toda la relación. Hay muy poco riesgo en la opinión literaria. Aunque también se presta a que haya mucha mala leche igual de perjudicial para el propósito de llegar a «descubrir nuevos valores».  Mucha reseña se lee que te deja absolutamente frío e indiferente, con la vaga sensación de que se trata de otro texto de compromiso a que supuestamente están obligados los que escriben a cambio de no ser apaleados en la primera ocasión en la que se expongan.Y algunas veces, cuando se supera ese temor parece que se hace saltándose al lado contrario dando estocadas a diestro y siniestro sin mirar dónde ni porqué con tal de hacer sangre. Es cierto que los que escriben reseñas o críticas se ven imposibilitados de abarcar la ingente cantidad de publicaciones que van apareciendo, pero también es cierto que a veces no muestran ninguna intención de hacerlo, refugiándose en la comodidad de acudir a los grandes nombres para alabar lo que ya todos alaban, y no bajan al populacho de la literatura por no perder el tiempo habiendo tanto bueno publicado ya consagrado.
Se echan de menos exploradores selváticos que se atrevan a sumergirse en la maleza en busca de nuevos especímenes, exploradores con renombre que puedan aportar su luz para iluminar el hallazgo, pues no de otra manera han surgido las obras maestras.
Dice Alvaro Perdigón, también en Dragaria: “Estamos asistiendo a un desembarco de la mediocridad y la ramplonería literaria/.../ Esto nos lleva indefectiblemente a una ausencia de criterios imprescindibles de valoración objetiva de la creación”.
Y aquí la imagen que me viene es la de Cristo (yo, en este caso) diciendo aquello de las piedras y las culpabilidades. ¿Quién puede asegurar que no es mediocre cuando todo es cuestión de con quién te comparas?
Siempre me asombra la seguridad con que se hacen este tipo de afirmaciones que, en la impresión del que lee, son dichas por alguien que no se cree incluido en el concepto. La crítica a groso modo es un recurso muy socorrido para poder sentirse al margen de lo criticado, no hay más que leer en facebook todos los que deploran el lamentable estado de este país y la lamentable falta de sentido crítico y compromiso que tienen en general todos los españoles, en la esperanza, sospecho, de sentirse estar entre los comprometidos aunque sus propios actos, contantes y sonantes, no se distingan demasiado de los de esa mayoría a la que denostan. Será cierto que probablemente se publica mucha tontería, pero sospecho que también es cierto que se publica mucha obra de calidad que pasa completamente desapercibida porque los que las publican no tienen aún «un nombre» ya más o menos consagrado y no tienen la capacidad social suficiente para hacerse notar y conseguir a fuerza de tesón y descaro hacerse un hueco dentro de los medios pertinentes. Esto es una profesión, y solo los profesionales más hábiles consiguen estar en los mejores puestos, eso es indudable. Pero los profesionales más hábiles no tienen por qué ser los más capaces, sino los que mejor saben desenvolverse y hacerse notar en los ámbitos más pertinentes.
Es, creo, evidente para todo el mundo que la calidad de una obra no la da el número de lectores, pero el número de lectores le otorga a una obra una cierta «calidad» y no hay que despreciarla porque esté envuelta en comillas; al fin y al cabo, al menos proporcionan información acerca de la sociedad en la que triunfan. Y si las obras que triunfan son «mediocres» será porque eso es lo que somos la mayoría. Este lamento por la mediocratización de la literatura me recuerda al lamento de la aristocracia de antaño ante la invasión de la burguesía, de los nuevos ricos, que irrumpían en sus exclusivas sociedades. No sé si eso resultó bueno o malo para la historia, pero desde luego me da la impresión de que resulta inevitable, y que inevitablemente de ahí surgirán nuevos modelos sociales en esta República (la de las letras).
¿Es cierto lo que dice Joan Margarit en la cita de Federico J. Silva de que “un mal poema ensuciará el mundo”? Supongo que hay gente hipersensible a esas cosas, como hay gente hipersensible a los productos químicos o a su propio sudor, que lo pasará muy mal en un mundo de superproducción literaria taylorizada o  stajanovista como dice don Federico, los compadezco y en cierto grado los comprendo. Pero no los comparto.  Un mal poema es el primer primer escalón para alcanzar el primer descansillo de la escalera. Después ya veremos. Y por qué no vamos a publicar malos poemas. También podemos decir que un mal poema hoy podría llegar a ser un buen poema mañana y sin publicarlo nunca llegaríamos a descubrirlo. (No se me ocurre ningún ejemplo, pero siempre me acuerdo de los que decía Alessandro Baricco en Los Bárbaros  de las jaladas que le pegaban en los periódicos a la primeras composiciones de Beethoven) Y también podemos decir que si en la sociedad de aquí abajo la mayoría estamos entre mediocres y medio tontos, porqué no vamos a tener un mundo a imagen y semejanza nuestro allá arriba en la República de las Letras, ¿siendo nosotros más, tenemos menos libertad?

jueves, 27 de julio de 2017

Correspondencias Luisa Etxenike - Mircea Cartarescu

chejov-vs-shakespeare


Presentó en el CAAM Luisa Etxenique, autora vasca, el libro Correspondencias en el que se expone el intercambio de correspondencia que tuvo con el autor rumano Mircea Cartarescu.

Se trata de un proyecto realizado como uno de los actos derivados de la capitalidad cultural de San Sebastián (impulsado por Donostia/San Sebastián- Capital Europea de la Cultura 2016). Se pregunta la autora por qué se escogió San Sebastián como capital cultural frente a otras ciudades como por ejemplo Córdoba con tan rico patrimonio. Se responde que tiene que haber influido, además de la belleza de la ciudad, el hecho de que tuviera un terrible pasado en relación con el terrorismo de ETA. Una época que ella no duda en comparar con la dictadura franquista, entendiéndola como una segunda dictadura, la de la violencia.

El proyecto se llama Shakespeare-Chejov porque, según una cita de Amos Oz, Shakespeare encarna una forma de resolución del conflicto que consiste en que todos los personajes se instalan inamoviblemente en sus posiciones y termina el escenario lleno de muertos. Mientras que la postura Chejoviana viene a ser que cada personaje cede un poco en sus posturas y cada uno se vuelve a casa, frustrado, pero vivo.

Ella opina que Shakespeare y Chejov no se distancian sin embargo en otros aspectos como es que muestran o empiezan a mostrar lo que ella llama el personaje moderno. Este personaje moderno es el que comienza a tomar conciencia de su actuar en el mundo, y ella viene a decir que la libertad es precisamente esa toma de conciencia que ya te permite decidir no actuar, que, más adelante describe como que es la esencia de «lo humano». Es decir, no estamos obligados, ni por las circunstancias ni por ningún otro imperativo a actuar, sea haciendo el bien o sea haciendo el mal, podemos limitarnos, y esa conciencia de auto limitación es la que deberíamos considerar como esencial en «lo humano».

El proyecto consiste en que se ha seleccionado a un conjunto de autores vascos y se les ha propuesto que se carteen con otro autor europeo de su elección. Ella eligió al rumano Mircea Cărtărescu. Las razones que expuso son que se trataba de un autor de su misma generación que al igual que ella había nacido bajo una dictadura, lo que de alguna manera los aproxima en una cierta visión del mundo. Expuso su parecer sobre que Rumanía era un país poco considerado; en nuestro caso, España, por razones de la imagen que nos hemos formado de ese país desconocido exclusivamente a partir de la inmigración. Reivindicó culturalmente ese país  a través de nombres sobradamente conocidos pero que de algún modo no han servido para dotarle de un explícito prestigio: Emil Cioran, Mircea Eliade, Ionesco, Tristan Tzara, etc.

Cuando habla de correspondencia, resalta, quiere decir que exactamente se han enviado cartas manuscritas haciendo uso del correo ordinario, con lo que eso conlleva de largos tiempos de espera durante los cuales cada uno ha continuado desarrollando su vida que luego se veía reflejada en lo que escribían, vida cotidiana, viajes, sucesos del mundo, como por ejemplo la proliferación de atentados de los últimos tiempos.

Se ha hablado en esa correspondencia de temas como libertad, conciencia, responsabilidad del escritor (entendida como la necesidad de estar atento al mundo, no necesariamente la de tener una actitud combativa o de compromiso) y la de responsabilidad de su arte como elemento que influye en alguna medida en el mundo.

También se ha prestado atención a la desaparición paulatina de las enseñanzas de las humanidades en los sistemas educativos. Según Luisa todas las dictaduras la han emprendido contra los libros, contra la cultura; el «desprestigio» de las humanidades como disciplina en las escuelas tal vez pueda ser visto como un indicio de que algo de dictadura flota en nuestros sistemas, con la diferencia de que aquellas notorias dictaduras de antaño quemaban los libros en la plaza pública mientras que ahora lo que están procurando es que ya no haga falta quemarlos, por la triste razón de que ya nadie acuda a ellos en busca de comprender, de comprenderse, de perfilar su actitud crítica.

También se habla, en la correspondencia, del papel de la literatura como conservadora del conocimiento, sobre todo de ese conocimiento que los sistemas sociales actuales desprecian por falta de utilidad práctica, porque no da réditos o no es aprovechable económicamente, pero que es tan necesario para establecer los fundamentos inmateriales de una sociedad sin los cuales no se sabe muy bien adónde iremos a parar.

Por último se habla de un tema que me resulta de mucho interés que es el de la idea de la literatura como una nación sin fronteras en la que, supongo que nunca sin conflictos y contradicciones, pero dónde no los va a haber, un escritor puede moverse en libertad por géneros, números, temas, estilos. No es partidaria Luisa de conceptos como «literatura nacional», no entiende que la literatura quiera ser acotada por fronteras que no le pertenecen. Dio un ejemplo de esta idea relatando una anécdota especialmente emocionante para ella en la que siendo convocados un grupo de veinticinco personas relacionadas con el mundo del libro en cierta feria en Leipzig, donde ella estaba incluida, les invitaron a recordar el comienzo de un libro que les fuera particularmente querido por lo que tuvieran de haberles transformado la vida o la actitud hacia la vida de alguna manera. Ella escogió, entre otros, el comienzo de Pedro Páramo, pero lo que le pareció especialmente significativo es que una bibliotecaria nigeriana, dedicada a la difusión de la lectura en su país, escogiera El Quijote como uno de esos libros tan significativos. A Luisa esto le pareció el ejemplo definitivo de la universalidad de la literatura completamente al margen de las fronteras  impuestas por razones puramente materiales pero bastante ajenas del sentir del Ser Humano.

Terminó resaltando que si bien había encontrado en Cartarescu un «semejante», no solo en el ámbito de la literatura, sino también en el de lo simplemente humano, le pareció que un aspecto los unía sobre todo, y cree ella que ello se deba a su condición común de haber estado sometidos a dictaduras y contextos de violencia, que es el ser personas absolutamente enamoradas y agradecidas a la vida.  

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Siguiendo la página del proyecto Correspondencia entre escritores europeos es un proyecto basado en una idea de Amoz Oz de contraponer dos visiones en la resolución de conflictos: por un lado una justicia poética que es atribuida al estilo Shakesperiano y por la otra la triste justicia humana que se refleja en las obras de Chejov. La idea es que un conjunto de autores europeos intercambien cartas sobre literatura, conflictos y el papel de los escritores. Los autores escogidos han sido  Bernardo Atxaga, Harkaitz Cano, Eider Rodriguez, Luisa Etxenike, Laura Mintegi, Arantxa Urretabizkaia, Fernando Aramburu and Angel Erro. Estos autores han decidido corresponderse  con otros de su elección entre los que estaban Bashkim Shehu, Dubravka Ugresic, Belén Gopegui, Menna Elfyn, Birgit Vanderbeke, Héctor Abad, Patrik Ourednik and Mircea Cartarescu.

lunes, 17 de julio de 2017

Algunas ideas entorno a Anturios en el salón de J.R. Tramunt

No es que sea un aficionado a la ciencia ficción, no me adscribo incondicionalmente a ningún género, pero la ciencia ficción me llama la atención cuando toca temas que, digamos, serían transversales, utilizando un término que se usa en educación y que hace referencia a lo que en realidad debería formar parte de la cultura de fondo de cualquier persona. Sobre todo, me gusta el tema sociológico, especular sobre cómo serían nuestras sociedades si..., es decir, qué habría sido de nosotros si las circunstancias hubieran sido otras. Me parece que eso nos enseña a observarnos como sociedad y, esa es la esperanza, de algo nos habrá de servir para corregirnos un poco, aunque está claro que el único estímulo que provoca cambios en nuestras sociedades es la catástrofe. Y tales cambios no parece que corrijan nuestro rumbo a la vista de las constantes repeticiones, no precisamente de nuestros mejores momentos de la historia, que se van sucediendo.

El último libro de Juan Ramón Tramunt toca la ciencia ficción, aunque su propósito es, juzgo por sus presentaciones, concienciar del estado de equilibrio inestable en el que vivimos demasiado confiadamente en estas islas y en general en el mundo.

La novela describe los avatares de un personaje que intenta sobrevivir en una isla de Gran Canaria despoblada a causa del riesgo de contaminación radioactiva. Se trata, al final, de una historia de supervivencia en un paraje desolado, que puede recordar en cierto modo a Robinsón Crusoe.

Sin ánimo de comparar me vienen a la mente dos libros de temática parecida. Uno el de Arno SchmidtEspejos Negros. Un personaje solitario vagando por una tierra devastada. Comparte con este la soledad del personaje, la búsqueda de recursos, el encuentro desconfiado con otros supervivientes. En cambio aquel personaje es de un cinismo absoluto, lejos de padecer por la catástrofe que ha llevado al mundo a esa situación, la celebra y celebra la extinción de un ser tan pernicioso como el Ser Humano, incluyendo su propia muerte que sobrevendrá sin duda, debido a los efectos de la radiación. Nuestro personaje, por el contrario, es de una seriedad y circunspección totales. Si aquel vagaba a sus anchas por el mundo, este se limita, se contiene procurando no perturbar más de los necesario, consciente de que esta situación es transitoria y en la esperanza de que la normalidad se recuperará alguna vez y que su paso no perjudicará la felicidad de los retornados.
Apenas recuerdo otros personajes en la novela de Schmidt (no la he releído), pero vagamente se me aparece una mujer con la que aquel tipo tenía un idilio que luego, a pesar de la soledad extrema de ambos, acaba en separación. En la novela de Tramunt solo hay hombres, las únicas mujeres que aparecen son rescatadas por los hombres.  En la isla, el personaje cuando se lanza a buscar a otros supervivientes, llega a Santa Lucía donde encuentra a un muchacho cuya madre está enferma en cama. Decide llevarla al cuartel para que allí la curen y es en el trayecto cuando se tropieza con una patrulla de soldados que le llevan a darse cuenta de que viven bajo permiso de la autoridad.
La otra mujer es la hermana del africano, creo que Mamadou es su nombre, cuya ausencia ha perjudicado su vida social y su regreso significa una salvación.

Todo esto son lecturas tal vez exageradas a la luz de estos tiempos en los que por lo menos cada vez se habla más de la situación de la mujer en nuestra sociedad. Es también, como la de otros muchos, mi convicción la de que hay que dislocar cualquier narración, que al final nos van a servir de modelos sociales, para resaltar lo que consideramos errores por más asimilados queste es uno de los grandese los tengamos e intentar reconstruir un nuevo modelo social que vaya, a través de la literatura, de la ficción en general, permeando en las nuevas generaciones. Y es por esta razón que resalto el hecho de que esta novela describe un mundo de hombres, y me empeño en preguntarme si es inevitable que fuera así o simplemente es un elemento más que refuerza el latente modelo social en el que persistimos en habitar resistiéndonos, no quiero creer que conscientemente en la mayoría de los casos, a los cambios que nos desalojarían, a los hombres, de una posición claramente ventajosa. Y por eso me pregunto, ¿sería posible un personaje femenino? Es obvio que en aras de mantener la credibilidad de la novela, no es concebible, siguiendo el modelo social tal y como lo conocemos, que una mujer pudiera conseguir que le permitieran, como al personaje, regresar a la isla en las mismas condiciones que este. El paternalismo masculino no admitiría dejar a una mujer tomar la decisión de lanzarse a la aventura de la supervivencia como se le permite al personaje. Para ello habría que reenfocar, hasta cierto punto, la novela. En primer lugar habría que justificar con mayor precisión, recreando unos comportamiento igualitarios, cómo una mujer ha conseguido un permiso para regresar a una isla controlada por militares, solo hay hombres entres los soldados, para que sobreviva en un ambiente aislado en completa soledad. Habría que describir o al menos pergeñar ese mundo para hacer la novela verídica, y tal vez esa justificación o recreación de un mundo en el que las mujeres tuvieran las mismas posibilidades que los hombres para conseguir una exención como la que logra nuestro personaje, llevaría a otra novela completamente distinta.

También podría haberse encontrado con un personaje femenino superviviente. Haber mantenido sana a la madre, por ejemplo y haber mostrado un carácter de auténtica superviviente, esperanzadamente con menos hostilidad que la que encontró en el pastor -y tal vez esta sea una presunción machista la de asumir en las mujeres una menor hostilidad. No creo que le hubiera costado encontrar ejemplos de madres con tales corajes entre nuestras conciudadanas, casi todos tenemos abuelas perfectamente capaces de haber sobrevivido en unas circunstancias tales y sin la presunción de que se vanagloria el personaje. Esto sí sería una elección que evidenciaría ese sentimiento de fondo que nos posee a todos que considera a la mujer como un ser débil en comparación con el hombre, que debe ejercer como su protector cuando no ejerce como su verdugo, y tal vez aquí hubiera sido más factible violentar ese fondo y aportar un pequeño granito en la construcción de esos modelos que nos son tan necesarios para construir desde dentro una nueva actitud social.

Además no pude dejar de advertir que el personaje también salva al africano y a su hermana de una vida miserable gracias al dinero que lleva consigo (perfectamente justificado dentro de la narración), lo que, de nuevo tomando las cosas por los pelos, podemos contemplar como un cierto paternalismo occidental. Esto también lo advertimos en el trato inicial de nuestro personaje con Mamadou, el mismo acto de llamarlo Viernes, y al que aquel respondió con dignidad haciéndole entender que comprendía la referencia. Sin embargo, al unirse a Mamadou en su huida, poniéndose a sus órdenes, y también el retrato de Mamadou como un individuo distante, desconfiado, pero generoso –le regala unas gallinas y de él provino el consejo de que se enfrentara a los perros si quería quitárselos de encima, así como es de él de donde proviene la primera invitación a acompañarlo a cruzar el mar– y, sobre todo capaz de sobrevivir con perfecta soltura en aquellas circunstancias –se supone que lleva sobreviviendo en las islas cinco años– también significa una cierta admiración del occidental hacia otras formas sociales siempre consideradas menores porque no abusan del concepto de progreso como lo hacemos nosotros, sin considerar la evidencia de que este acelerado progreso no va acompañado de un adecuado desarrollo en la comprensión y control de nuestro propio comportamiento, con lo cual nos vemos siendo los mismos bárbaros que éramos al principio de los tiempos pero disponiendo de herramientas con capacidades destructivas cada vez más avanzadas. A este respecto, el establecimiento del personaje en la aldea senegalesa significa algo sí como un ralentizar el paso para acompasarlo a la propia evolución interior.

Otra novela que me viene a la mente es, La carretera de Cormac McCarthy, aunque este es absolutamente trágico sobre todo por la conciencia permanente del personaje de poner a salvo a su hijo. Aquí también el principal peligro procede del semejante: hordas de hombres depredadores que pastorean seres humanos para su propio consumo. Ni mucho menos la situación planteada en Anturios, pero resaltando de nuevo que lo peor está en nosotros.

El usar las Islas Canarias como escenario apocalíptico lo tengo muy poco visto. Ahora mismo solo recuerdo un cuento de Jonathan Allen en el que el personaje deambula por una ciudad de Las Palmas despoblada. Creo que es solo una excusa para darse el gusto de pasear por un paisaje conocido tras una catástrofe apocalíptica, como esos que tan magistralmente es capaz de crear en imágenes el fotógrafo Jorge Leal. Tampoco hay muchos autores de aquí que traten la ciencia ficción. El propio Tramunt en un volumen de cuentos, La vida posible (relatos, 2002), y Jonathan Allen, también en algunos cuentos, El último mecenas y otros cuentos de creadores canarios (2015)son mis únicas referencias. Añado la novela de Gerardo PérezEl peso del tiempo - Agapea, 2013-, entre las novelas de ciencia ficción escritas en canarias aunque esta no transcurre exactamente en las islas.

El estilo de Tramunt es de una «neutralidad» muy poco literaria. ¿Qué quiero decir con esto? Que su narrativa está casi absolutamente carente de recursos que busquen dar atractivo a su prosa. No «hace literatura», escribe su historia, y lo que haya de salir, que saliere. Esa es la impresión que causa. Desde luego lo que saliere no es exactamente atractivo, no se recuerda su prosa, no se paladea su estilo, pero la historia fluye adecuadamente. Dentro de ese estilo secarrón, austero, la aparición de una metáfora, de una voluta estilística parece anormal, casi fea. Yo diría que casi ni se puede hablar de un estilo sino de un sometimiento del texto a la narración sin más pretensiones. Y en este aspecto hay una falta de gracia, de atractivo, para mi gusto personal, e incluso de identificación autoral, en su prosa, por más que, sin conocerle, uno ve al propio Tramunt en ella; pero no a un personaje literario. Obviamente lo será: un autor, por lo que sé, nunca se atreverá a decir, este soy exactamente yo, por lo menos sin cruzar los dedos para aliviar un poco la mentira, por lo que, lo que debe ocurrir es que uno tiende a buscar las impresiones de ajenidad que le causan los autores internacionales, de más o menos renombre, en los autores locales para poder decir: este es uno de los grandes, y como las impresiones no son las mismas y con estos, además, tenemos una cierta familiaridad, más que sea porque nos los tropezamos por ahí y sabemos que son personas reales, contantes y sonantes, pues nunca acaban de cuajar en mito.

 No obstante me sigue pareciendo uno de los autores que más aprecio en las islas actualmente, porque sus libros disimulan bien ese componente localista que muchos escritores de estas islas tienen como mérito y que a veces le da a uno la impresión de que les resta para que su obra sea vista como una expresión realmente universal. 

viernes, 14 de julio de 2017

Pepe Dámaso en el CAAM

Ayer fui a ver la exposición retrospectiva de Pepe Dámaso en el CAAM.


Lo que más me llama la atención es la capacidad que tiene de utilizar los materiales de su entorno e integrarlos en la obra siempre en perfecto equilibrio, es decir, sin resaltar particularmente el objeto ajeno, en un principio, a un contexto artístico, sino precisamente consiguiendo que ese objeto ajeno preste sus peculiaridades a la composición del cuadro.
Por otro lado yo tengo la impresión de que el dibujo de P.D. no es magistral, no hay buenos dibujos allí, y sin embargo, es que si lo fueran, buenos dibujos, algo se perdería de esa magia que sus cuadros trasmiten. Creo que en lo que es magistral este hombre es en componer, objetos, formas, colores, más que en crearlos, es decir, apostaría a que es un artesano pésimo, y ese es su principal mérito como artista, toda su obra es arte, no hay artesanía disfrazada.
En cuanto al color. Nunca entendí el librito de Kandinski sobre las armonías y los equilibrios de los colores y las formas, pero mirando estos cuadros estoy seguro de que mucho de eso hay. Hay armonía y hay equilibrio en las formas y colores escogidos por el artista para componer sus obras, y sobre todo hay un sentido estético, no quiero decir decorativo, porque eso me suena a muy estandarizado, pero creo que su prestigio entre gentes que no frecuentamos el arte se debe precisamente a que su sentido estético es muy accesible y sobre todo muy agradable, placentero. Toda su obra te produce una sensación de redondez, de completitud y de autojustificación, es decir, de no necesitar preguntarse: y esto, qué demonios significa. 

viernes, 26 de mayo de 2017

Miguel Martinón y La Regenta en la casa de Galdós


Interesante presentación del libro Era obra de su tiempo. Texto y contexto de ‘La Regenta’(Vertum, 2016) por el propio autor don Miguel Martinón.
Interesante la charla que se podía escuchar antes de iniciar la presentación entre el autor y doña Yolanda Arencibia  acerca de la relación entre Galdós y Clarín, en la cual, a pesar de existir una cierta jerarquía de maestro-discípulo, el maestro no se reprimía de decir que era tal su admiración por la obra del discípulo que hasta le iba a copiar  alguna idea. Queda evidente la admiración que tenía Clarín por Galdós en las cartas que se cruzaron y en que en la segunda y creí entender última reedición de la obra (antes de que se recuperara la obra ya en los años cincuenta o principios de los sesenta), este le pedía al maestro, y el maestro lo escribía, un prólogo con el que salió.
Tuvo la obra en su tiempo una acogida favorable. Salió en dos tomos y ya la recepción del primero le animaba a continuar escribiendo y enviando a la impresión capítulo a capítulo (al parecer ese era el método de trabajo del autor).
Considera don Martín que esta es una obra de la juventud de don Leopoldo y lo trata de justificar en el libro visitando los múltiples artículos que escribió en los años previos y coetáneos con la redacción de la obra. Disiente de algunos críticos que consideran que esta sería poco más o menos una obra anómala en la bibliografía del autor, que su pretendido Naturalismo, sus roces con el Krausismo o su declarado anticlericarismo serían, digamos, desviaciones de juventud de las cuales afortunadamente se recuperaría. Al parecer sí que hay un cambio en el tono de los escritos de don Leopoldo en algún momento de su madurez, pero disiente don Miguel que eso implique la obra anterior y en particular La Regenta no reflejase el auténtico pensamiento del autor en ese momento, tan auténtico como el posterior si es que hubo algún cambio radical a este respecto, cosa que creo que don Miguel duda.
Si bien la recepción de la obra en los medios intelectuales fue muy buena, Clarín no era un novato o un desconocido, ya llevaba muchos años escribiendo en diarios y otras publicaciones, sobre todo crítica literaria, pero también abriéndose a otros muchos ámbitos, la iglesia, en particular en Oviedo donde el autor ejercía de catedrático en la universidad, le planteó algunos problemas que estuvieron, o al menos así se temió el autor, a punto de costarle el puesto y la fuente de garbanzos para su familia. Esto le llevó a quitarle valor a su obra en alguna de las cartas que se cruza con don Benito, cosa que sorprende muchísimo a don Miguel.
Apuntó cosas interesantes como el hecho de que una obra que tuvo buena repercusión en su tiempo, desapareciera de la conciencia intelectual prácticamente durante  cuarenta años, tal vez finales de los cincuenta, en que se la recupera en la crítica, parece que Domingo Pérez Minik hace referencia a ella en un artículo de 1957, y que a partir de entonces no ha dejado de reeditarse como pieza fundamental de nuestro patrimonio cultural.
Apuntó también la necesidad de publicar las obras completas de los autores ordenadas cronológicamente porque eso resulta fundamental para seguir la trayectoria de pensamiento y estilo de los autores y conocer el contexto personal en el que se desarrollaron. A mí personalmente me parece extraño que esto haya que decirlo, suponía que ese es fundamentalmente el objetivo de la publicación de unas obras completas de un autor, sobre todo si se trata de ediciones orientadas al estudio, no a la simple divulgación (no entiendo la publicación de obras completas a efectos de divulgación, los lectores no leen obras completas, leen obras y pasan a otra cosa, son los estudiosos los que lo hacen, creo yo pa mí)
Otros detalles de interés, el énfasis que puso en la obra Solos de Clarín, que etiquetó de soberbia. Trata, sobre todo, de crítica literaria, y al parecer se refiere en ella a todo lo que hoy día consideramos lo más relevante de la literatura de fines del diecinueve.
También se mencionó la gran influencia del krausismo en los intelectuales progresistas del siglo diecinueve. Fue introductor de esta filosofía o actitud vital en España un tal Sanz del Río que desde la universidad prácticamente contaminó a toda la intelectualidad del momento.
La obra de don Miguel trata todos estos temas, buscando explicarse dos contextos, uno el contexto de la propia obra, su tiempo y el estado mental del propio autor, lo que le llevó a escribirla. Y por otro lado, el contexto de la recuperación de la obra ya entrado el siglo veinte, las razones por las que una obra como esa permaneció bajo la superficie durante tanto tiempo y las razones por las cuales volvió a recuperar su prestigio que no ha vuelto a perder desde entonces. A mí me parece más bien una obra para estudiosos, aunque don Miguel insiste que su libro no está orientado a expertos sino a simples lectores que se interesen por La Regenta de una manera más profunda.

viernes, 28 de abril de 2017

Beatriz Gimeno en el Museo Pérez Galdós


Ayer fui a escuchar a Beatriz Gimeno al Museo Pérez Galdós dentro del ciclo Escritores en la Casa Museo.
Al parecer, disculpen mi ignorancia, Beatriz Gimeno es más conocida por su militancia política, activa en el ayuntamiento de Madrid, en Podemos y también por su activismo social en el campo de la defensa de los derechos de los LGBT. Pero aquí venía a hablar en su faceta de escritora y no en su faceta política. Aunque al final algo se cuela, más debido a las preguntas de los asistentes que a su propia tendencia hacia el tema, cumplió su propósito.
Lo primero que manifestó fue su sorpresa al «enterarse» de que tenía una OBRA. Dijo que no era consciente de eso. Desde luego, es perfectamente consciente de haber escrito al menos 5 ensayos y 2 novelas de ficción, además de haber publicado un libro de poesías. Y también es consciente y lo expresó sin jactancia de que su obra tiene calidad, en particular  sus novelas no son malas, a pesar de la pobre acogida que considera que tuvieron. Esta falta de acogida le afecta en el sentido de que considera que, después del trabajo que conlleva el escribir una novela, desmotiva el comprobar que no es recompensado este es fuerzo al menos con una buena recepción de los lectores. Con los ensayos se siente bastante más satisfecha (“el ensayo es más agradecido”, es decir que recibe más y mejor realimentación de los lectores que lo que ha recibido de las novelas que apenas han tenido repercusión)
Volviendo a lo de sorprenderse por tener una OBRA, es evidente que ella no se siente exactamente una escritora y que no concibe escribir como un proyecto de vida. Por el contrario la escritura es simplemente un resultado de lo que verdaderamente se considera ser, una estudiosa. Declaró que su verdadera vocación es el «trabajo intelectual», es decir, el estudio. Esta afición a estudiar en términos generales, "estudiar cualquier cosa", le viene de la infancia, de cuando, para rellenar sus tardes sin televisión se dedicaba a elaborar un diccionario mitológico. Más tarde, en la universidad, optó por una carrera de lo más coherente con esta afición, el estudio de las lenguas semíticas: hebreo, arameo, cananeo y fenicio.
Declaró que dedicaba al estudio todo el tiempo que podía y que de alguna manera esta afición primordial se ve afectada por su condición de mujer. Aludió a un concepto que desconozco, su «mandato de mujer» que vienen a ser todos los condicionantes que, por ser mujer, la sociedad y ella misma se auto imponen en su comportamiento diario, como uno de los principales estorbos para desarrollar esta vocación en toda su amplitud. Declaró que en algún momento ha pensado que si hubiera sido hombre, este «mandato de género» (pues igualmente ha de aplicarse en ambos casos, digo yo) le hubiera facilitado enormemente el entregarse sin reservas a esa vocación de retiro y estudio que su cuerpo le pide.
El otro obstáculo que le impide desarrollar en toda su amplitud su verdadera vocación estudiosa es una pulsión por el compromiso social y que últimamente (desde los movimientos del 15M, estuvo en la fundación de Podemos) la ha llevado a entrar en política. Aunque considera que esta labor no es exactamente vocacional y además no la «hace feliz», antes al contrario le provoca mucha excitación y sobre todo le impide dedicarse a lo que le gusta, también declaró que se siente obligada interiormente a luchar por lo que verdaderamente le importa (“cosas que me importan mucho”). Que este trabajo lo realiza “a pesar de sufrir”, no porque el trabajo de la política le resulte desagradable sino porque su  manera de abordarlo, consecuencia de su manera de ser, es con una, tal vez, excesiva pasión, que tiene su repercusiones emocionales y físicas.
En cuanto a su actual actividad. Su último ensayo, por publicar trata sobre la pertinencia de legislar sobre los vientres de alquiler, a lo cual ella se opone, con ciertas dudas en determinadas circunstancias. Me llama mucho la atención su argumentación: si se legisla sobre el hecho de que una mujer pueda alquilar su vientre para gestar el hijo de otro, se está legislando en contra del derecho al aborto, puesto que ya una mujer  no podrá tomar esta decisión si su vientre, al menos temporalmente, pertenece a otro por contrato. Este retroceso, aunque sea voluntario, en los derechos de la mujer le parece muy peligroso. Sobre estos temas, al parecer está elaborando su próximo libro.

Cerró la charla con una declaración que me pareció muy esperanzadora. Manifestó su orgullo de pertenecer a un movimiento que a su juicio está verdaderamente cambiando las cosas y del que espera un futuro esperanzador y que no solo se está desarrollando en España sino que lo percibe también en el resto de Europa. Me emocionó esta declaración optimista frente al futuro de alguien directamente implicado y que contradice frontalmente la visión que nos ofrecen los medios de comunicación y la política actual, que esconden los focos de esperanza y que nos ofrecen a todos una visión resignadamente pesimista del porvenir, lo cual sume a la población en un estado de abandono a las circunstancia que ciertamente favorece a los que se están aprovechando del caos que ellos mismos generan. He dicho.

lunes, 24 de abril de 2017

Emilio González Déniz en la Biblioteca Saulo Torón de Telde


Escuchar a Emilio siempre es un placer, porque es uno de esos escritores iceberg en los que la mayoría de las narraciones que podría contar están aún por debajo de la superficie de una publicación, y ya anda por dieciocho o diecinueve, suficiente para hundir cualquier Titanic de incultura.
Como conmemoración del día del libro,  el sábado 22, en la biblioteca del parque Arnao, en Telde, se celebró, en el marco de una recoleta Feria del Libro y entre los actos convocados para ese día, una Charla entre Rubén Benítez Florido y el mentado don Emilio González Déniz. La excusa pudo haber sido la presentación de su último libro El tren delantero, pero se quedó en mera excusa porque de lo menos que se habló allí fue del libro en cuestión. De lo que se habló fue de todo lo demás. Algunos de los temas los iba apuntado Rubén con una estudiadas cuestiones, pero el resto se los sacaba don Emilio de su prodigiosa manga de recuerdos, que son muchos y muy variados.
Nos hizo saber por ejemplo su certeza de que un fundamento básico de la literatura es la oralidad, es decir, los cuentos de abuela, en los que, por ejemplo, se ha basado profusamente la obra de García Márquez, y en los que su propia obra está notablemente sostenida, en particular su novela Bastardos de Bardinia. Es oportuno el nombre del nobel colombiano porque, a modo de anécdota y para patentizar la fundamentalidad de la narración oral en toda buena literatura, nos contó cómo se sorprendía leyendo Cien años de soledad a los diecisiete años y confirmaba que muchas historias que se cuentan allí le habían sucedido a él mismo, en aquellos pagos del sur hoy arrasados por edificios de apartamentos, o se las había contado a él su propia abuela. Nos recordó que el propio García Márquez ha contado que en muchos otros lugares dentro y fuera de Hispanoamérica se ha encontrado oyentes que le explicaban sorprendidos que aquellas cosas extraordinarias que el escribió en su libro les habían pasado exactamente a ellos o se las habían contado dentro de un reducido entorno familiar del que ellos creían que era patrimonio cultural.
Afirmaba Emilio que aun existen muchos temas y asuntos dentro de nuestra  historia local que no han sido suficientemente ficcionados, es decir, tenemos historias para rato y a nuestros autores no parece interesarles en demasía nuestra propia tradición para incluirla en sus temas literarios, aunque algo se hace. Mostró su admiración por la década de los cincuenta en nuestra ciudad donde ocurrieron multitud de sucesos que tienen suficiente entidad como para ocupar unos cuantos relatos novelescos. Ponía por ejemplo su Hotel Madrid, donde cuenta los días en los que se estuvo rodando en esta ciudad la película de John Houston, Moby Dick, pero aseguró que tan interesante sería una novela que contase los pormenores del rodaje de Tirma, aquella película italiana de tanto renombre, aunque bastante reducida calidad. La década de los cincuenta fue la década en la que tuvo lugar la historia de el Corredera, que él también aborda en su novela La mitad de un credo, pero también fue la época de la gran plaga de cigarra que asoló nuestros campos y que hundió nuestra economía, que aún no tenía el soporte del turismo. Pero también fue la época del recordado monseñor Pildain que tanto hizo por los desfavorecidos como contra las libertades, sobre todo morales, de nuestros conciudadanos. Y fue la época en que surgió un jugoso movimiento autodenominado La iglesia cubana al que él alude en Hotel Madrid, y que  Arturo Cantero Sarmiento ilustra prolijamente en su Las Palmas 1950: vidas, hechos y milagros de la famosa iglesia Cubana, que tenía como principal enemigo al exigente obispo. Y fue también esa década la que recibió en nuestra ciudad a un curioso Padre Payton, que llegaba con un empeño evangelizador poniendo a todo el mundo a rezar el rosario en lo que al parecer se llamó una Cruzada en familia. Y también fue el tiempo en que ocurrió un eclipse total de sol que tomó por sorpresa, contó Emilio un recuerdo de su infancia, al campesinado que creyó por un momento que sobrevenía el fin del mundo profetizado por la Virgen de Fátima de la cual en esos tiempos se desvelaba el contenido de su tercera carta.
En fin, exhibió ejemplos suficiente para validar su afirmación de que la década de los cincuenta, al menos en Las Palmas, fue pródiga en sucesos novelables que si no se abordan prontamente quedarán sumidos en el olvido.
Como se puede imaginar por lo hasta aquí expuesto, la charla, que prácticamente no lo fue, pues a don Emilio parece bastarle que le pregunten la hora para desatar la historia del mundo, se desplegó durante una escasísima hora y no desbordó esos muros de contención porque el autor tenía un limitadísimo horario. Nos dejó, antes de marcharse, una recomendación literaria, luego de una amable alusión a los autores que poblaban la sala, si tengo que recomendar algo que sea la biografía de María Antonieta, de Stefan Zweig, vino a decir. Pues, no quería dejármelo atrás en esta reseña de un rato verdaderamente memorable, que, como no quiero olvidar, anoto aquí.