sábado, 20 de febrero de 2021

Crónica del salitre, de Emilio González Déniz

 Crónica del salitre se construye con una serie de artículos que aparecieron en el periódico, que, bajo una forma novelada, es decir, usando unos personajes ficticios que charlaban entre ellos o con personajes relevantes de su época en nuestra ciudad, nos relatan acontecimientos locales, nacionales o mundiales desde la visión de un ciudadano. Algo así como la Historia mirada desde la intrahistoria (entiendo o defino como intrahistoria, para no estar buscando en el diccionario, la historia pequeñita , la de calle, la que sucede en el mercado de abastos, en la tienda de la esquina, en la plaza del pueblo, mientras allá en lo alto, Napoleón invade Rusia, Cristóbal Colón descubre América, o Hitler tira la primera bomba atómica sobre Washington).

Hay aquí notas recogidas desde finales del siglo XX, cuando aún se recuerda el paso de un cometa Biela, y una lluvia de estrellas que ocurrió casi diez años después y que marca una idea que atraviesa todo el libro,  que hay como una especie de superstición en estas islas de creer que esos sucesos extraordinarios en el cielo son señales de que aquí abajo en la Tierra van a ocurrir cosas malas. 

Por aquí se pasean don Rafael Romero, alias Alonso Quesada, o Thomas Pilcher, que se salvó milagrosamente del desastre del Titanic. Se habla del Valvanera y de la llegada del rey Alfonso XIII a Canarias. También del advenimiento de la república y del exilio del rey. De la guerra, de las guerras, del hambre.  De la supuesta base de submarinos de  Cofete, del lanzamiento de la primera Bomba Atómica. De la visita de algunos famosos con motivo del rodaje de aquella película Tirma, y el entusiasmo del pueblo por su actriz principal, la Pampani.

En fin. Así se avanza hasta casi entrado el siglo veintiuno. Son relatos cortos y entretenidos de leer. En ese estilo locuaz pero sobrio, sin verborrea, de don Emilio, que de vez en cuando deja caer alguna de esas frasecitas con mucha retranca que encaja a la perfección en boca de sus personajes populares, cofrades del bar Polo en el Puente de palo y de otro en la calle de la Pelota. 

No sé, me gustó el librillo que te trasporta por el siglo veinte a buena velocidad, enterándote de detalles como que la primera televisión llegó a Canarias en el 64, o la historia del piano de la Pampani en el Hotel Madrid; que la Unión Deportiva se formó de tres equipos locales (El san Marino, el Victoria y el Gran Canaria) en el 46. ¿En el 60 hubo un eclipse total que se pudo ver desde las islas? No lo he comprobado. Puedo corroborar, sin embargo,  que sí que creo recordar a mis primas mayores con miedo de morirse porque se había anunciado, no sé por qué ni como, en los primeros 70’s, que morirían todos los primogénitos tal día determinado (no recuerdo qué día). Yo, siendo el tercero, no pasé preocupaciones. 

Parece un libro documentado en hemeroteca y reelaborado luego por la propia experiencia que no dudo que ha introducido en estas narraciones el autor, no en vano es él mismo contemporáneo de buena parte de los sucesos que relata y uno tiende a creer que en algunos casos hasta testigo directo.

En fin. Otro libro más de don Emilio que resulta de mi agrado y que compensa suficientemente los que no alcanzaron tan dudosa distinción. 


domingo, 14 de febrero de 2021

Bastardos de Bardinia, de Emilio González Déniz

 


Un novelón. Una novela acabada. De esas que te dejan la sensación completa de haber estado, de haber conocido a esos personajes  y tenerles simpatías y antipatías. Y las simpatías y antipatías no son de trucaje, sino que se la ganan los personajes mismos. Se la gana el  Cura Macho, Arcadio Rivero, que no recibe más que vituperios por parte del narrador todo el tiempo (amables vituperios, vamos a decir); en efecto, el personaje es un mal bicho, pero sin embargo es su gesta, su épica la que se narra. Y uno, como Abraham Sarmiento, fiel escudero, lo admira a pesar de todo. Y Vicente Colinga (alias Vicente “peligro”) o Celso Monagas, con ser unos atravesados, tampoco son maltratados (sí señalados como antagonistas, eso sí) y a uno le caen mal porque son como son, y uno tiene sus filias y sus fobias, pero no porque el autor nos empuje a odiarlos, ni mucho menos. Yo diría que el peor tratado es Marcial. No se le llaman más veces «bruto» porque no cabe, y aún así, el pobre hombre, en parte tiene razón cuando se comporta como un bruto, y hasta al final es castigado por el autor, a este sí nos lleva a despreciarlo, como todos en el pueblo de Canales, con esa burla final de Carmencita y su muerte a medio cumplir su última maldad. 

Pero es que toda la trama es admirable. Esa saga de las Cruzadas, (del apellido Cruz y de sus furores eróticos que le viran el ánimo) que se extiende a lo largo del tiempo no por línea familiar, sino por línea putativa ( aludiendo a que,  salvo contadas excepciones, ninguno de los Cruz es hijo de quien les dio el apellido), tan admirablemente tejida, donde no deja por rematar ningún hilo, desde la primera Cruz, la Crucita, que concibió de cualquiera de los marineros de aquel barco que tuvo que  detenerse en las costas de Bardinia a reparar su arbolado de camino para Cuba; hasta la última Isabel Cruz, que quiso adelantar al alma de su hijo para interceder por él a las puertas del cielo aprovechando que su marido Crispín Rivero tenía tanta influencia con San Pedro.

El ámbito es Bardinia, que vagamente recuerda a Gran Canaria sin ningún ánimo de historicidad. Al contrario es un aire muy, todo hay que decirlo, pues recuerda mucho a esos ambientes macondianos, García Márquez. De hecho en lo primero que piensa uno cuando inicia la lectura es en Crónica de una muerte anunciada, y es evidente que la novela sigue esa estructura de informarnos (aquí está más o menos insinuado) de la muerte del personaje desde el inicio de la novela y luego desarrollar toda su historia hasta retomar el punto en que lo vemos al principio, sentado en el patio tomándose su cacharro de sándara, y cae de lado herido de muerte dejando escapar el líquido ingerido por las heridas con que lo han finado. El tiempo en que transcurre es en los primeros años del siglo veinte, hasta un poco traspasada la Guerra Civil Española, mencionada con matices, pues los hechos históricos apenas cumplen una función narrativa sino meramente ambiental, sin destacar demasiado su influencia.


Un fraseado musical, sonoro, de los que da gusto leer en voz alta. Con esas perlas verbales que introduce (*)que le dan un aire popular pero sin exagerar.  Que recuerda a esa espontaneidad con la que habla Emilio en público, que deja entrever su leve sorna en algunos párrafos pero que apenas interviene en la narración como narrador, si no es de una manera muy contenida (el narrador, sin embargo, se supone que ha recibido toda la historia de Abraham y es, por lo tanto, parte de la ficción), espontaneidad que yo echaba de menos en los otros libros suyos que he leído, como he mencionado en la reseña de El reloj de Clio. En esos otros hay como una voluntad claramente percibida de expresar la ideología del autor, sus simpatías por la causa  femenina, por ejemplo, y una contención verbal, una especie de prudencia de corrección que aquí no se percibe, tal vez sea impresión personal. 

Una novela de las que uno se dice “cómo no la he leído antes”, cómo me han colado como mejores otras tantas que tienen poco que medirse con el gusto con que leído esta. Responsabilidad mía, sin duda, cuándo vengo a leer o cuándo dejo de leer algo. Y placer mío también llevarme estas sorpresas que demuestran que el pasado ni mucho menos está agotado todavía, al menos en lo que a libros se refiere.


(*) unas pocas perlas:

 “Siempre se dijo en Canales que Rosario Colinga cogía filo en cualquier piedra”.  

La vieja se vistió en lo que el diablo se restriega un ojo”.

 “Nos cogió en lo sembrado” –así le explicaba Arcadio a su madre la escena que habían tenido poco antes con Marcial, compartiendo el plural con Carmencita, la mujer de éste– . 

Este Marcial aún no sabía del asunto entre Arcadio y Carmencita, a pesar de que lo sabía todo Canales, porque 

A Marcial no se lo contaron porque decían que de cabrón no pasaba

martes, 9 de febrero de 2021

El reloj de Clío, de Emilio González Déniz

 El reloj de Clio


No es exactamente que me gustara. Lo que me gustó es que no la rechazara como a las otras novelas de Emilio. Lo que rechazaba en esas otras es precisamente lo que a esta le sobra, una falta de relieve, de complejidad, de voluntad de estilo, atractivos, luces, gracia. (Lo digo de memoria) Emilio va al grano narrativo sin adornos con una simplicidad absoluta, pero el grano narrativo es también sin adornos, simple, sin atractivos que hagan olvidar el esfuerzo la lectura (cuando uno se pregunta, ¿por qué estoy leyendo esto?). Es cierto, esas dos novelas con las que me tropecé son de las primeras, El obelisco  (1985) y Bolero para una mujer (1985). Después ya salté a El tren delantero (2016) en la que le reprocho esa voluntad de unión de los relatos por medio de un hilo conductor penoso por impostado (que es cuando pones voz de barítono cuando tienes voz de pito carrasposo), cuando lo relatos de por sí tenían ya valía. Ese libro hasta me molestó, como cuando te enfadas con un amigo por sus opiniones desbocadas acerca del rap sin más fundamento que lo que oye salpicadamente en la radio (guiño personal en doble sentido, por el amigo y por las comparaciones de Brautigan, a quien estoy leyendo ahora).

La estructura de esta novela pretende ser muy elaborada. Dividida en siete voces, cada  una precedida de una sucinta biografía de un fantasmal autor, todas las voces son, sin embargo la misma y se vuelve absolutamente decorativa y sin justificación la creación de esos siete autores. Esas breves biografías, sin embargo, son de lo mejor que tiene el libro, por su contenido de invención, internacionalismo, pantemporalidad, y sobre todo credibilidad. Están tan bien tramadas que he buscado en internet los nombres de esos autores por si existían: El primero es Corentio, un autor de la época romana, contemporáneo de Julio César, o más precisamente, de la siguiente generación a este. El segundo es Lionel Halifax, un oscuro autor australiano, cuya única obra conocida lo es por una adaptación teatral que tuvo mucho éxito en Estados Unidos. El tercero es Kess O’Neill, norteamericano, que participó en la guerra de Secesión. El cuarto es Walter Díaz, norteamericano de origen español, su época es la de los autores norteamericanos en París, la llamada Generación Perdida. Después está Davinia Lowel, inglesa; su época es ya próxima a la II Guerra Mundial, feminista como principal rasgo. Le sigue Omar Ketala, que sería turco o armenio y no está muy clara su época. El último autor es Indio Avellaneda y Santillán, autor del Perú poco posterior a la conquista, literalmente “participó en los motines contra””Belalcazar, Pizarro y Lope de Aguirre”. 

Pues bien, toda esta expectativa, a mi juicio, se ve frustrada al no proseguir la narración de cada uno de estos autores en un su supuesto estilo, al menos, sirviendo, naturalmente, todos al fin de la novela que es la relación de la vida de Teseo Yedra. No está, en absoluto, explicada la aparición de estos autores en concreto en relación con Teseo y  además cada autor justifica insatisfactoriamente la razón, que parece tener importancia también en la estructura, de por qué titula sus capítulos de la manera que lo hace (nombres del zodíaco, en desorden, Corentio; Gases nobles, Hálifax, etc). Y cuando hablo de justificación la necesito en relación con el contenido de la novela no en simples frases que la aten ligeramente con el supuesto autor de la sección. En resumen, toda la superestructura de la novela se vuelve completamente prescindible en relación con el motivo central de la narración. 

Ya he mencionado el que me parece el motivo principal de la novela, la vida de Teseo Yedra, un autor que termina alcanzando el prestigio literario con un gran premio a costa de una vida que él mismo considera más bien fracasada en lo personal. El nombre también tiene su miga porque constantemente se compara la creación, invención y escritura de una novela como el avanzar por un laberinto, tropezándose con muros que interrumpen un prometedor camino o salidas precipitadas del laberinto que obligan a buscar una nueva entrada. Teseo lucha lo largo de su vida con la redacción de una única novela que cada cierto tiempo es quemada y reescrita en nueva clave. Ese es su laberinto. Pero también es su laberinto su propia vida que es de donde toma los hilos principales con que teje la trama de su novela. Así la narración bambolea entre estos dos lados como una barca en mar bravida como diría Chiquito. Mi impresión personal es que no acaba de definirse y que a mí me hubiera gustado más que hubiera declinado definitivamente por el lado de la construcción de la novela estando el relato de la vida del personaje como tributaria de aquel caudal, pero no me parece que sea así, sobre todo al final, en el supuesto relato de Omar donde se vuelca la narración en un bastante estándar personaje atormentado porque no ha sabido retener a ninguna de sus seis mujeres. Y después de todo uno piensa en él y no acaba de percibir del todo claro al personaje de Teseo, no sé, como que aún le falta entidad, precisión, carácter. Y esa carencia se debe, un juicio como otro cualquiera, a esa escritura de Emilio tan contenida, tan medida, tan profesional, muy falta de espontaneidad, que es, sin embargo, toda la que demuestra cuando habla y cuenta sus anécdotas y recuerdos y es la que que me gustó leer en las biografías de sus falsos autores (tal vez no sea exactamente espontaneidad pero sí que tienen esa gracia de la espontaneidad que le falta al texto principal).

Hubo en mí con respecto al libro como un desinflamiento. Quiero decir, que lo empecé con un deseo claro de que me gustara mucho. Y el libro se presta, de entrada a querer que te guste, por esa complejidad estructural que nos promete. Pero, lo mismo que pasa con todo, que a medida que lo vas conociendo vas perdiendo entusiasmo. Con algunas cosas el entusiasmo va siendo sustituido por familiaridad, en el sentido bueno de la palabra, y con otras  por una progresiva desilusión contra la que te resistes pero que no puedes evitar. Yo percibo que hay mucha voluntad de querer ser una gran novela y eso se demuestra en el exceso de artificio, pero no creo que lo logre, o al menos en mí no consigue prender esa llama mágica, ese fuego sagrado que consagra una obra, que uno nunca sabe definir muy bien.