viernes, 17 de marzo de 2023

La infinita guerra, de Luis León Barreto

En la anterior reseña ya comentábamos que hay una especie de enlace temático entre estas tres novelas de LLB: Las espiritistas de TeldeLa infinita guerraLos días del paraíso, así que me propuse leer las tres secuencialmente por aquello de completar los ciclos, que luego uno se queda a medio y invade una frustrante sensación de fracaso (ya sé que no es sólo por eso, maldita conciencia, ya cállate).

Bien, pues, la infinita guerra aludida ya se pueden imaginar que es la nuestra, la bien querida Guerra Civil de todas nuestras desgracias como país (ironía, este país se cree un desgraciado desde el mismo momento en que se lo arrebatamos a los moros, desde esa época no ha habido un español que pensase que este país tenía algún mérito. Hoy mismo, al ir a comprar el pan, un señor que pedía mortadela y donuts de chocolate afirmaba con irónico desprecio que este, nuestro, país era modélico en corrupción, solo porque ahora está de moda hablar de lo del tito Berni, y alguna otra cosa que hay por ahí en el ámbito futbolístico. Ah, también decía el periódico que Feijoo (para los lectores del futuro, no me refiero al celebérrimo ilustrado del siglo dieciocho, sino al menos celebérrimo y no sé qué tan ilustrado presidente del PP en estos nuestros días), que hay una confabulación entre el PSOE y VOX para defenestrar al PP… Todo esto no tiene nada que ver con el libro, pero en cierto modo sí que tiene que ver. Seguimos divididos en dos bandos irreconciliables , al menos en política, por lo que se percibe. Y el pueblo en medio sin verlas venir por ningún lado. 

En la novela, un señor, uno que se autodenomina Yo, (en el proemio le llaman Lucas), uno, otra vez, de la península, médico él, que ha aceptado un puesto en la ciudad de Las Palmas, asiste a los comienzo del glorioso levantamiento en nuestra ciudad. La llegada de Franco a Canarias. Los movimientos, más bien turbulencias, sociales que agitaban al país entonces, y también a las islas. Las confabulaciones y secretitos que se percibían a las claras entre los militares. La muerte del general Balmes en Las Palmas, víctima de su propia pistola que lo atacó a traición – se sospechó un atentado y podría creerse que su muerte precipitó la partida de Franco a Marruecos, y con ello el inicio del levantamiento. En fin, el comienzo de la guerra, allá lejos y su siniestra cola de represiones aquí atrás. 

De esto trata esta novela, como era de esperar. De casi lo mismo que trataba la de Alfonso O’Shanahan, Solsticio de verano, solo que con otro estilo y yo diría otro propósito. Evidentemente, en ninguno de los casos se trataba de una descripción rigurosa, a modo de reconstrucción histórica. Más bien una visión, digamos, popular, oral, de las atrocidades que en aquellos tiempos se cometieron(1). Y digo oral puede que con un sentido dubitativo, ya que prácticamente toda la información que debe disponerse de aquellos sucesos es la de los testimonios de las víctimas, y apenas alguna documentación oficial que se llevaría en los asuntos más controlados. Los verdugos bajo cuerda, aquí nombrados como Remigio Díaz– apoderado del conde don Hermógenes Vergara –,  o el brigada Barranco, esos no es probable que hubieran dejado una relación minuciosa de sus actividades. 

Como ya nos tiene acostumbrados don LLB, aunque este podría denominarse el tema central, a esto le suma una multitud de material que yo me atrevo a decir fragmentario, meramente apuntado y que si se hubiera desarrollado habría desplegado toda una saga histórica de la isla, pero que en apenas 160 página no se puede ni siguiera señalar.  Me llamó la atención el subtítulo de la novela, que en realidad es una llamada publicitaria, que dice “visión colorista y apasionada de las Islas Canarias con telón de fondo de la guerra civil” y acierta de pleno como pocas de estas esquelas suelen hacerlo. Tiene uno la impresión de que hay toda una gran novela en la mente de este autor, pero que por las razones que fueren no acaba de acometerla. Se apuntan temas tan variados como la emigración, bien huyendo de la pobreza bien huyendo de la represión, se vuelve a retomar supuesto fundamento mágico de nuestras islas – con el que tiene que luchar el médico, Lucas, y con el que al final acaba conviviendo –. Se retoma, cómo no, el tema histórico de la conquista y poblamiento de las islas, ya apuntado en Las Espiritistas. Hay multitud de personajes que dan para toda una novela y que aquí apenas están apuntados como Patricio Fanchi, un italiano que viene huyendo de la Italia fascista y que termina también por tener que huir de aquí(2). Hernán Pacheco, que viene a ser el paradigma de conquistador de las islas que luego se vuelve todopoderoso cacique, tal vez antepasado del conde, cuya esposa padece una febril pasión por los jóvenes aborígenes. La misma confrontación entre el aparcero Pedro Cejas y Remigio Díaz da para toda una novela y se queda meramente anotada. 

La impresión general, repito es que es un apunte de novela, un cartapacio repleto de hojas sueltas pendientes de ordenar y completar. Hay multitud de tramas apuntadas y apenas desarrolladas. Un narrador en primera persona, falso, porque al autor no le preocupa formalmente conservar esta voz, ni la imposibilidad de su testimonio en todo lo que se narra. 

Hay, sin embargo, una muy buena prosa, que juega con las expresiones, se arriesga con el vocabulario, a veces un poco demasiado, como si estuviera haciendo alarde o nos estuviera instruyendo, juego con los tiempos verbales, que trastoca sin avisar y que nos cambian de punto de vista de un párrafo al siguiente. Pero igualmente con tramas que se intercalan sin relación temática, que se van entrelazando para formar el tejido total de la novela. Todo esto a mí me parece muy meritorio. Digamos que es de los pocos autores que no ha utilizado el supuesto estilo de vanguardia para oscurecerse y meter frases sin ton ni son solo porque parecen poéticas. No, en ningún momento se pierde uno en el fraseado de don Luis, y se disfrutan esas variaciones que animan mucho la prosa. No cansa.

Mi principal lamento con respecto a este libro es que hay muchísimo más que contar y que no se ha contado. El típico chiste que se dice de Cien años de Soledad de que le sobran cincuenta – signo inequívoco de que son lectores con muy poca paciencia y ningún interés por la literatura, me sospecho – se podría aplicar a esta novela al revés, le faltan quinientos años desde los comienzo de la conquista, para desarrollar toda la temática que apunta entre esta novela y la de las Espiritistas con la saga de los van del Walle de ida y vuelta de las américas.

Hay otro tema que quiero señalar de este autor, que me ha gustado tanto aquí como en las dos novelas referidas anteriormente, que es su propósito, digamos mitologético – no sé qué significa esta palabra, pero quiero que signifique que el autor tiene un gusto por crear una especie de mitología, condensando en unos pocos personajes épocas enteras, aquí por ejemplo Hernán Pacheco, allí la familia van del Walle,  acentuando rasgos del carácter insular como son la emigración – y el retorno – o la superstición o creencia en fuerzas ancestrales que supuestamente heredados de los aborígenes. Pareciera que en estas novelas todavía hay un propósito de búsqueda de identidad. Un asunto que digamos no ha preocupado en nuestras islas hasta los tiempos de la restauración democrática, diría yo y que todavía colea en esta novela. Porque probablemente aún no ha terminado de resolverse, o siquiera de plantearse. Me refiero al hecho de si de verdad necesitamos inventar una supuesta identidad, que no otra cosa es tratar de asirla en palabras. Estoy leyendo a un tal Carlos Granés, su libro El delirio americano y acabo de dar con un párrafo que me pareció se nos podría aplicar o se les podría aplicar a esos autores de los setenta-ochenta  “Su tema fue la peripecia vital de todos los americanos [dígase canarios] en su continente [dígase islas] que seguía siendo un producto de la fantasía, de la superstición, de la creencia ideológica y del fanatismo, y que a pesar de la eterna indagación sobre sí mismos, no había logrado integrarse ni definirse”.  Me parece buen colofón. 

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(1)No quería dejar olvidada una historia que se narra en las dos novelas acerca de un grupo de presos del Lazareto de Gando que trasladaron a la península en barco, presumiblemente con la intención de asesinarlos y arrojarlos al mar por el camino. En Solsticio se explica que el capitán se negó a que lo hicieran en su barco, que de él desembarcaban tantos vivos como habían embarcado,  y tuvieron que terminar el trayecto con los detenidos aún vivos. Seguía una travesía en tren hasta Toledo y al pasar por el Tajo cumplieron sus propósitos. Ambos añaden el macabro detalle de que tras esta audacia enviaron un telegrama a Las Palmas que decía “Patos al agua”. 

(2)También en la novela de O’Shánahan me llamó la atención Elsa Wolf, ésta, una persona real, alemana, que llegó a las islas huyendo de la sartén del nazismo y cayó en el fuego de nuestro fascismo.

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