sábado, 25 de febrero de 2023

Memorial de A.D., de Luis León Barreto

Hurgando en mis estanterías me tropiezo con este libro de don Luis de 1978, creo que su segunda novela, siendo la primera Ulrike tiene cita a las 8. Después vendrían una tonga más, que este hombre ha resultado muy prolífico, entre ellas tal vez la más mencionada, La espiritistas de Telde, que fue seleccionada para formar parte del canon de la Biblioteca Básica Canaria, que también forma parte de mi exigua colección, y por triplicado. A esto debo añadir La casa de los picos, novela que compré en su momento después de descubrir – yo soy de ciudad alta y hasta casi la universidad no frecuenté la ciudad baja, a lo que añadimos que en aquellos primeros tiempos me atraía más la zona del puerto que la de de Vegueta – esa llamativa y misteriosa construcción en los altos de San Roque.

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El Memorial sería, como indica el título, el recuerdo o repaso esquemático, rápido, de una vida que se extingue en el capítulo cero, en un accidente de tráfico con que se abre el libro, así, de sopetón. Piensa uno, al final, en esa vida entera que dicen que pasa por delante de uno cuando está a punto de estirar la pata, – algo más espectacular si la cosa ocurre tras un accidente de coche, pero no es cuestión de entrar en detalles acerca de lo que sale y lo que entra en el cuerpo colaborando a la huida de la vida –.


Por veloz, estos recuerdos no pueden ser, forzosamente, muy detallados, centrándose en momentos luminosos (luz del recuerdo, que la mente caprichosa olvida y rememora por razones poco objetivas) por la razón que sea, pero recorriendo la infancia, la adolescencia, la juventud y la madurez hasta este punto final, e iluminando, con destellos apenas vertiginosos, pero reconocibles, una época en nuestra tierra, que en estos detalles de una vida privada en los años de los que se trata, entre los cincuenta y los setenta en una grisácea ciudad de provincias en el petrificado régimen franquista, se podría aventurar que apenas se distinguiría de cualquier otra vida en cualquier otro lugar de nuestra geografía: infancia callejera, con pandillas de amigos, colegio de curas, primeros tanteos con las chicas, la juventud, años convulsos políticamente, la llegada del turismo, las suecas, compromisos políticos, huelgas, manifestaciones, expectativas por el fin del régimen, desengaños, madurez, retorno a las querencias burguesas.

Paralelamente y con igual celeridad y mucha menos precisión – y quizá porque el autor se da cuenta de aquello que digo, y queriendo introducir el toque de canariedad que toda obra local debe contener o no habría de llamarse propiamente literatura canaria –, entrelazando e integrando y confundiendo sucesos dispersos, pero dando una idea general de lo que fue, se hace un repaso de la historia insular desde la época de la conquista hasta el siglo XIX más o menos identificable. 


El estilo es bastante preciso, no sin cierto adorno, pero sin llegar a perderse en la forma, cito aleatoriamente: 

la tarde está coronada por una lona de nubes portadora de una lluvia que siempre se malogra y la ciudad permanece asfixiada por su vaho cotidiano.


Sin embargo, sí, algunos párrafos delatan los comienzo poéticos, y la influencia experimental de los tiempos, esto lo desarrolla señalándolos convenientemente en cursiva, supongo que para advertir a los lectores impacientes de que pueden saltárselos sin sacrificar la continuidad del relato: 


Y RECUERDAN QUE NACIERON DEL VIENTRE DEL SOBRESALTO: oían comunicados del levantamiento que padecieron sus padres...

Habían venido de la misma indigencia de pan y borrajas…

Formaron parte de una muchedumbre dispuesta a cambiar de corazón tras el advenimiento de los progresos de la renta…


de-sa-ta-do, vacío en una ascensión perfecta: nada te retiene: apurando al máximo: a fondo: ligero en el trampolín de los sentidos: la colilla abrasándote las yemas:… 


Repasándola ahora para hablar de ella, tal vez la he leído, otra vez, con demasiada precipitación. Tal vez es la forma en la que se deja leer. La sensación final es de que se queda corta, de que no termina de desarrollar todo lo que pulsa dentro. Que por otra parte también ha sido muy relatado, me viene a la mente sin ir más lejos, la novela de Jose Antonio Padrón, Tubalcaín, o la de Alemany, Los puercos de Circe. Esta se queda corta, narrativamente hablando, al lado de esas, no en estilo, que aquí se explota más el juego literario, el revoloteo de la expresión, donde en aquellas no se permitían más que la expresión justa para describir la imagen que se pretendía. 

No es por hacerla de menos, supongo que también es víctima de una serie de lecturas que no acaban de dejarme del todo satisfecho, sin que ello signifique mengua de esas novelas. Pero sí, les falta, le falta densidad, le falta completitud, a mi juicio, estando bien lo que está, no está completa. 

No obstante es perfectamente recomendable. Me parece que don Luis escribe con solvencia, no noto cojeras, defectos que me desagraden en su escritura, tics, que a menudo se encuentran en otros autores y que no dudo que mantienen porque creen que esa es la forma de identificar su estilo, cuando yo soy de la opinión que un estilo no se construye, brota de una obra y de un modo de hacer continuado, no es espontáneo, pero tampoco es elaborado.

Bueno, no continúo que me dejo llevar por las hipótesis descontroladas y luego me contradigo en las siguientes reseñas acerca del mismo autor, que vendrán, porque tengo ya curiosidad por releer las espiritistas.


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