jueves, 22 de abril de 2021

El inglés, de Juan Manuel García Ramos

 Después del sudoku de Malaquita(autorreferencia) uno llega al nuevo libro así como entrando con prevención, empujando levemente la puerta entreabierta y mirando primero antes de pasar. Pero, bien, esto es otra cosa. Hay prosa fresquita, ligera, hasta bonita a veces. Empieza con buena frase:

Leí en alguna parte que escribir podía considerarse en ocasiones un ejercicio de autodestrucción.

Y sigue más o menos en ese tono y ese ritmo de escritor con medida y paso diestro, nada forzado. Le salen las frases elegantes sin hurgarlas. Se notan y se quieren dejar notar las lecturas y las influencias y hasta, estaría dispuesto a jurar que, las intenciones de esta novela que son rememorar esos relatos aventurero-filosóficos de gran, y varias veces referido, Joseph Conrad. Ese estilo suyo de un personaje que recuerda y narra la historia del personaje central, al estilo de Marlow con Kurtz o el otro Marlow de Lord Jim. También, y porque las influencias, me parece, son las mismas, me vino un poco, poquito, a la mente, Álvaro Mutis; pero en este libro, el muchacho(*) se queda y no viaja. Aunque sí lee y si rememora, a veces un poco pedantescamente, sus lecturas. Que son, las lecturas, libros de viajes y memorias de viajeros del siglo XIX, en particular aquellos que recorren el Atlántico y los Mares del Sur. Napoleón o más bien alguno de sus biógrafos, es también muy referido. Y, naturalmente, las clásicas lecturas de cabecera de todo intelectual, desde Nietzche hasta Dostoievsky, o vaya usted a saber, porque yo no soy intelectual y no sé de esas cosas. 

Pero la historia es lo que cuenta, nunca mejor dicho. Aquí se narra la historia de un señor que pierde el sentido de la existencia. Punto. Con esto queda resumido el relato. Ahora, si quieren, charlamos un rato. El personaje se llama Carlos Asturias Harrow, y le llaman el inglés porque su madre era inglesa. El chiquillo es un intelectual de tomo y lomo, que después de acabar sus estudios en el Liceo Marie Curie, de su ciudad, prosigue sus estudios de filosofía en England. En la misma universidad donde trabajó su admirado Bertrand Russell (¿El Trinity College es solo una Universidad o una parte de ella? Lo que sea. Ahí). Al regreso ya llega algo cambiado. Apagado, aunque nunca se ha destacado por su espontaneidad. Y ya empieza a manifestar sus extrañas ideas, sus desplantes como los califica el narrador, aunque disculpándolo

No es hastío –me confesaba– es el cerciorarme de que todo lo anterior fue estupidez 

Esta caída se frena un poco con sus clases en el Liceo, su noviazgo y matrimonio. Pero en cuanto nace su primer hijo es como si de pronto el hombre se viera empujado a una vida en la que no cree. (a mí, que he sido un padre responsable, siempre irritan estos comportamientos excelsos masculinos, eso de yo no estoy hecho para esta vida mediocre, justo cuando empiezan los trabajos y los días de limpiar culos y lavar los platos, y se largan dejando a la otra con todo el peso de la mediocridad encima y ahí te las compongas porque yo quiero ser libre). En fin. Esto es lo que hace nuestro personaje. Empieza a comportarse como un bohemio hastiado, y a ahogar sus penas y su hastío con amigotes y prostitutas, con los que, eso sí, tiene charlas de alto nivel. Todo esto, claro, contado con la admiración del narrador que excusa este comportamiento de esta mente privilegiada que no encuentra su sitio en el mundo. 

El relato, en suma, son los trotes de nuestro amigo por los bares de la zona baja de la ciudad. Las charlas con los amigotes que va juntando, que están tan perdidos como él en una vida sin sentido. Planes absurdos de embarcarse rumbo a esos fantasiosos lugares de los que hablan los libros que han leído. Mujeres que intentan atraerlo sibilinamente a una vida de orden y polvo semanal. En fin, eso. 

Todo a su alrededor se movía en torno a la desilusión y el acabamiento

Era un atardecer de otro día sin rumbo

un cansancio del alma que lo abatía

Algún intento de salir de esta situación escribiendo. Porque la escritura y la lectura

eran para él las dos operaciones más dignas del comportamiento humano

Pero tampoco eso consigue sacarlo de su aturdimiento vital. Al final el personaje desaparece. 

Un añadido posterior del autor en una reedición da cuenta vagamente de que esta desaparición no fue una muerte sino una puesta en práctica de esos planes de ir a buscar esos otros mundos fantásticos. Y que probablemente sea Tombuctú, la mítica ciudad sahariana, su último destino. 

El estilo, ya ven, nada que ver con Malaquita. Tampoco la estructura. El narrador es un amigo con el que tertuliea y diz que cuenta todo esto, que en muchas ocasiones son vivencias que solo podría haber narrado la propia persona, porque ha curioseado unos papeles que el personaje había dejado atrás. En este caso no está muy trabada esta justificación. Durante largos capítulos el narrador desaparece y se mantiene esa tercera persona que todo lo sabe en plan demiurgo, pero de pronto, en un capítulo, sale la cabecita del narrador recordándonos, inoportuna e innecesariamente me parece a mí, de quién es la voz que oímos (hubiera bastado con esos pocos capítulos iniciales y el epílogo final, y no lo hubiéramos echado de más). 

En cuanto a puntos de contacto con Malaquita, tenemos esta preocupación por el sentido de la existencia: también Ernesto, allí, iba dando tumbos, buscando un algo, que yo llamo sentido, sin resentimiento, sin amarguras, sin quejas, casi con aceptación inconforme. Otro punto de contacto son los llamados bajos fondos, los lugares de perdición de los hombres, las casas de putas, los bares de mala muerte con el suelo regado de serrín y cáscara de chochos, todo amalgamado en escupitajos. Pero, oye, sirven buen wiski de cambuyón. En esta se abusa un poco de las referencias literarias, algunas, tal vez extemporáneas; otras, que ayudan a crear esa imagen mental del personaje que saturado de fantasías, filosofías, altanerías que lo mantienen en una especie de incómoda levitación por encima de la realidad contante y sonante. 

Por lo demás me ha parecido una buena novela.  Tal vez me ha desilusionado algo porque leyendo la contraportada y algunas breves referencias me esperaba una historia más cosmopolita, algo más aventurera. En ese sentido no queda por debajo de Pio Baroja, que, con lo que lo quiero yo, al final de sus novelas uno siempre tiene la impresión de que se quedó corto. 

Posdata:

Olvidé mencionar que esta novela tiene un prólogo de Luis Mateo Díez. En él, además de alabar la novela, habla de su idea central como la de la reconstrucción de una vida comparándola con un viaje y también resaltando el hecho de que, dado que el narrador no es el narrado, necesariamente hay que suponer una parte de invención o de creación que al final conforman otra figura, quizá más legendaria (lo que debe ser leído), en tanto que se va creando a medida que se lee que real. 


(*) el muchacho es el héroe de las películas. Así nos referíamos a él cuando jugábamos, de niños, a imitar lo que habíamos visto y nos peleábamos por ser el muchacho. 

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