jueves, 16 de diciembre de 2021

En el reducto, de Juan Pedro Castañeda

 Esta segunda novela de Juan Pedro Castañeda es la que en aquella página a que aludía en la entrada anterior se mencionaba como una de las mejores de la década. En el reducto. 

Es más ambiciosa en estructura, y tal vez por eso, por más compleja, menos efectiva. Tiene dos hilos narrativos que se alternan capítulo a capítulo. En uno, Miguel llega a una aldea, algo remota –la última parada de la guagua– de una isla –se hacen referencia al avión y al barco para salir o llegar pero uno no puede identificar un lugar concreto, en cambio cuando habla de la ciudad, aunque no le asigna el mismo nombre es claramente visible la capital chicharrera–. El pueblo lo recibe algo hostilmente, esa es la impresión que se recibe cuando el personaje llega a un pueblo vacío, muy soleado, y al entrar en la cantina encuentra a aquel cantinero malhumorado; menos Anselmo, un parroquiano, que lo acoge en su casa. Miguel no tiene ningún propósito al estar allí. Más bien parece un huido, no se sabe de qué. Sobre todo exhibe un nihilismo y una altivez propia de un urbanita desengañado que en el campo se encuentra fuera de sitio y como por debajo de su nivel. Anselmo se da cuenta o adivina que lo que le ocurre a Miguel es un desencanto vital una falta de rumbo, y le ofrece alguna solución que Miguel no entiende como tal. La vida de campo, la del propio Anselmo le parece tan vacía como la suya y además con muchos trabajos en el día a día. 

El otro hilo es la vida urbana de Miguel. Se no lo presenta como un juerguista, noctívago. Todos los lugares mencionados son bares y locales nocturnos, y las situaciones, en esencia, festines orgías y francachelas. No se menciona una vida cotidiana, trabajo, estudios, etc, de Miguel, así que apenas sabemos nada de él. Sí tiene amigos universitarios, y alguna vez ha participado de tertulias políticas e intelectuales, pero siempre con una actitud burletera, desdeñosa. El foco de la narración es el momento en que conoce a Alicia. Y el abandono de la casa en la que vive con ella es tal vez el motivo por el que siente esa crisis que le lleva a esa extraña huida sin propósito. 

El primer capítulo nos sugiere que lleva tiempo viviendo con ella y ya empieza a notar el hastío y el temor al envejecimiento. Me quedé con la impresión de que era este miedo el que lo empujaba a huir; sin embargo en otro capítulo, bastante posterior, apunta a que su crisis con Alicia tiene también que ver con la incomodidad de compartirla con otra mujer. El resto de capítulos urbanos narran los encuentros con ella y con amigos, mayormente vida nocturna, muy de espuma,  sin contenido. 

No me gusta cómo está presentado el personaje de Miguel. Uno no se acaba haciendo una idea de su personalidad. En el primer capítulo se tiene la impresión de un hombre ya entrando en la madurez, preocupado con los signos del envejecimiento tal vez, en él tanto como en ella. Más tarde, en los capítulos rurales, nos da la sensación de un joven algo arrogante, a veces francamente desagradable, y hasta impertinente con Anselmo, que llega a ponerse en guardia –lo que es contrario a su permanente serenidad – . Y luego, en los capítulos «urbanos» es un chiquillaje que hasta emplea un argot de matao que no me acaba de encajar con el tono general de la novela.

Eso sin desdeñar el mérito que tiene el capítulo 10, todo él una especie de monólogo en matao relatando una juerga con los amigos. 

Yaa, verdadero. Pero verdadero, ¿oijte? Y Medeleiev: ¿Quierej línea? Yo, assí, con er coloque no capisco, ¿vale? Y er: Der portivo. Y yo: afloja. Y Mende: Coca, primavera, coca. Fuerte un dejpijte. Y Terele: ¡Yooo! Ya, mano. Pero verdadero, verdadero. Con el ojito cuajado der jachij...


 

En general está curiosa, aunque me parece bastante defectuosa en el tratamiento del personaje central. La novela tiene un aspecto de novela de crecimiento de esas en las que el personaje sufre una transformación madurando a lo largo de un proceso. Esa , sin duda, es la idea de la huida y refugiarse en el caserío, acogiéndose a la protección de Anselmo, que a su vez, tímidamente, trata de ofrecerle alguna salida a su extravío vital. Pero aquí, el personaje se resiste a esa transformación, insiste en conservar esa altivez urbana, ese desdén por lo que le pueda ofrecer la aldea, sus ritmos pausados, sus rutinas. Insiste en confundir su propio vacío sin propósito  con esa vida monótona, trabajosa y aparentemente sin alicientes que lleva Anselmo y el resto de los habitantes, pocos, del pueblo con los que llega a tratar. 

No obstante, en el último capítulo  tal vez hay una idea de mostrar un titubeo del personaje, un cierto agradecimiento hacia quien le ha acogido sin pedirle nada y hasta tratándole como un protector. Nos imaginamos al personaje dudando si no sería mejor quedarse y aceptar aquella propuesta de la cueva y las cabras.

Oiga, quería decirle…

— ¿Sí?

— ...No, nada…


En general ha sido una buena lectura. Pero no exultante. Quiero decir que no sé si me mueve a leer un siguiente libro de Juan Pedro Castañeda. No me ha dejado con perspectivas de encontrar algo nuevo, más interesante, en sus otras novelas. Creo que abandono aquí esta línea de lectura.

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