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miércoles, 5 de julio de 2023

Presentación Salón de África, en Casa de Colón

 Ayer fui a una presentación. La del libro de relatos Salón de África, de Ignacio Gaspar. Fue una de las más entretenidas presentaciones de libro a las que he asistido últimamente. Principalmente porque hablé yo también, desde el patio de butacas. “Tenían que haberme visto” como decía Rocky cada vez que le preguntaban cómo había ido el combate. A mí me anima no tener público, mis tonterías quedan más en la intimidad. Y que no me gusta exhibir mi falta de ignorancia frente a un gran auditorio. Los otros dos asistentes no tenían mucho que decir. Uno de ellos estaba interesado en saber qué significaba el término Fetasiano. Entre los tres, Nayra Pérez Hernández, la presentadora, Ignacio, el autor, y yo, enterao, le metimos un batiburrillo en la cabeza que si no le estalló allí mismo es porque el casco que encierra el cerebro es una olla a presión. Se habló de Isaac de Vega, de Rafael Arozarena, de Jose Antonio Padrón, de Fetasa, claro y cómo surgió el título (desconocía que fuera invención de Rafael), de Emeterio Gutiérrez Albelo y de Agustín Espinosa, ya que hablamos de surrealismo y de fetasianismo, y de influencias de acá y de allá, el boom latinoamericano, si llegó antes o después, etc.  Yo, del discurso de Nayra me quedé, como dice un personaje de un cuento de un amigo mío “con más o menos la mitad”, fetasiano, rural, realismo mágico, surrealismo, estilo personal. Ya se sabe, en los entierros se dicen unas cosas y en las presentaciones de libros otras. Hay quien a menudo dice en los entierros lo mismo que se dice en las presentaciones: que era un gran tipo, que todo el mundo lo quería, que la posteridad lo recordará para siempre. Pocos se habrán atrevido a expresar en una presentación lo mismo que se expresa en un entierro: le acompaño en el sentimiento. Yo creo que el sentimiento de Ignacio Gaspar era muy optimista. No le arredró el vaso medio vacío, él vio una sala atestada de gente interesada en su libro: uno es el infinito; tres, el más allá. Qué más se puede esperar. Estuvo en México, por lo visto, presentando Tragedia de Flor de Vidrio. Y volvió muy contento del acogimiento que recibió allí. Eufórico diría yo. Yo insistí en que su escritura lo merece, que es una escritura hecha para perdurar. Según el autor, es una escritura muy pensada, muy reescrita y sobre todo muy gustada. Es esencial y yo también lo creo así, que a uno le encante, le enamore su escritura (la suya propia). Si no hay pasión por lo de uno, pero verdadera pasión más allá de la mera gestación, no hay permanencia; que ya sabemos que uno tiene siempre su orgullo, pero luego, cuando pasa el tiempo, uf, Kafka quiso quemarlo todo, ya te digo.  En fin, uno tiene que gustarse antes de salir a gustar. Él habla de vocación, y yo creo que hay algo más, hay un proyecto literario en su forma de escribir, en su forma de concebir la escritura, en el estilo, en los temas rurales, que él insiste que son contrastablemente verídicos – ¿Pues no dijo que quieren hacer un mapa de las localizaciones de Baile de Tapados y superpornerla punto por punto a esa localidad chicharrera de donde procede ¿Charco del Pino? –. Yo dudaba de que tuviera coherencia esa retahíla de nombres de lugares que allí se mencionan, pero me trago mis dudas. También pregunté por la posible continuidad entre Baile de tapados y Tragedia de Flor de Vidrio, pero ahí negó rotundamente, son proyectos diferentes. A mí ambos me causan la misma impresión. Pero yo solo los he leído, tal vez una lectura más profunda este verano me aclare más. Son libros, que merecen relecturas varias, porque no se agotan. Y los cuentos, que nos perdemos y no hablamos de lo que vinimos a hablar, los cuentos tienen la misma esencia que las novelas. Es decir, no son intentos, no son ensayos, los cuentos son entidades completas también en sí mismos. A mí me da esa impresión. Estos relatos tienen entidad, no en vano han sido compuestos en largo espacio de tiempo. Es decir, han tenido mucho guiso a fuego bajo hasta conseguir darles el punto, como cuando se hace el caldo de pescado. Ahí comentó algunos de ellos, y aseguró que tales y tales otros personajes eran verídicos, su abuela, sin ir más lejos estaba por allí, y los paisajes y las rocas por las que triscan, te puede llevar de la mano y señalártelos. Es así como se construye el mito, con realidad sublimada. La fantasía no puede sostenerse sobre la nada. O sí, como las pompas de jabón, pero están huecas y flotan sin ton ni son, y de pronto, ¡plof!, desaparecen, se olvidan, mientras que el mito está sólidamente atado a la tierra, alimenta las raíces de las que nosotros obtenemos una parte de esa esencia que nos hace ser humanos. El mito es una forma de comprensión de la existencia, una forma de sentido. En fin, pasó un ángel, nos quedamos callados y se dio el acto por terminado. 

Yo saludé y me fui disparado a mear, no fue por mala educación. (ya sé, exceso de detalle)


martes, 20 de junio de 2023

Salón de Africa de Ignacio Gaspar

Ignacio Gaspar, ya lo he dicho, poco más o menos, otras veces, es un escritor de los de antes. Su escritura es arte mayor, en el arte de la escritura, y quiero decir con eso que hay trabajo de construcción de frases, hay búsqueda, exploración de la forma de la expresión, hay un querer desear escribir como no escriba nadie, no por destacar, sino por abrir espacio, ampliar fronteras. Esto es antiguo. Esto ya no se hace. Ya no se escribe así. Ahora escribir es para que te lean. Ahora escribir es para vender libros si se puede. Para contar historias lo más simples posible y con crímenes, sangre y sexo por todas partes, para que capten a cuantos más compradores mejor. Ahora escribir es puro producto cultural, ya no es obra, ya no es arte. Ya no se leen autores como Ignacio Gaspar porque ya nadie tiene la paciencia de leer prosas como esa. No tanto como nadie, algunos viejos quedamos. Pero se pierde como un oficio antiguo este de la escritura. 

Sí, que quede claro. No es un autor de lectura fácil, Ignacio Gaspar. Pero no es un autor retorcido, ampuloso, no imita una escritura rara para que digan de él ¡oh, qué raro es, qué interesante! Quiero decir que no es una complejidad falsa, no es una complejidad añadida, va implícita en el estilo, en la forma en que Ignacio Gaspar parece entender la literatura. Esa forma vieja que digo, y que está pensada para durar. Porque eso es lo que quiero decir con que es una forma vieja, está pensada para durar, para trascender, para convertirse en intemporal. Incluso para ser reparada y seguir durando.

Porque tiene sus defectos. Lo que la hace, hoy, en tiempos de la perfección aparente de la Inteligencia Artificial, real, auténtica, humana. Otra de las viejas cosas que vamos a perder, la humanidad entendida como caer y levantarse, hacerlo mal y repetirlo hasta que salga bien, reescribirlo otra vez y otra vez hasta que la frase se deshaga en pura esencia o algo así. Hasta que no se distinga dónde está la magia, pero esté; no en el chascarrillo, en la gracieta, en el escándalo, en la contradicción, no en la materia de la frase sino en su espíritu – es que estoy leyendo unas cosas últimamente….

Al grano. Este es un libro de relatos. Todos de ambiente rural. Una ruralidad mágica, para mi gusto, una ruralidad de otro tiempo que no existió nunca. Pero que todavía algunos reconocemos, porque hemos tenido abuelos en el campo. No sé si lo verán de la misma manera los que han sido  del campo, de ese campo de hace cincuenta años para atrás. Del de nuestros abuelos con cachorra y cuchillo al cinto, olor a sudores arcaicos y manos historiadas, marcas de callos rellenos de tierra. De arrugas sin tratar. De historias de mucho trabajo sin perder nunca la chispa (artemi o arehucas) de la vida.  Es una ruralidad mítica la que revive la obra de Ignacio Gaspar (también en Baile de Tapados, en Tragedia de Flor de Vidrio, hasta aquí conozco), pero reconocible; de paredes de piedra, caminos con nombres geográficos y lugares con nombre de propietarios. De bernegales, acequias, barrancos, huertas, sacho, fincho, burros,...

¿Y qué cuentan estas historias? Cosas. No sé, no está ahí el quid de la cuestión según llego a comprender. Un niño atrapa una rana. Ese es el priimer relato. Un niño atrapa una rana.  No es cosa trivial, se cuentan muchas historias terribles sobre las ranas. Que echan veneno y te dejan ciego. ¿Será verdad o no? Una mujer cose junto a su pájaro que canta al ritmo de su máquina (una máquina singer, seguro, de pedal, negra, con su mueble de madera y su estructura metálica). Un hombre se pierde por los pedregosos caminos y se mata. Un grupo de jóvenes asisten, ocultos, a un akelarre de brujas. No se pueden describir los relatos desde el punto de vista de la anécdota que narran.  Habría que describirlos por la atmósfera que consiguen crear en el lector aplicado que logra acabar las larguísimas, y perfectamente consistentes, frases de Ignacio Gaspar. Es cierto que hay momentos en que agota, cansa mentalmente por el esfuerzo de concentración que exige mantenerse inmerso a través de la lectura en ese otro mundo, pero si lo consigues –y a todo se hace el buen lector –, experimentas esa sensación de haber estado en esa otra parte, como despertar en medio del sueño y sentir el sueño no como espectador sino como personaje. 

Esta es la impresión que a mí me causa la escritura de Ignacio Gaspar y así he tratado de comunicarla. Con esa pena que tiene uno de saberse poco escuchado cuando cree estar diciendo algo verdaderamente importante. Si mi leen, lean a Ignacio Gaspar, no lo dejemos perder. 

sábado, 6 de marzo de 2021

Tragedia de Flor de Vidrio, de Ignacio Gaspar

Hace unos años hablé por aquí de una novela de Ignacio Gaspar, Baile de Tapados. Me gustó mucho aunque reconozco que no va ser una novela muy popular. Es de lectura difícil y de tema, digamos extraño. Pero es una de esas lecturas que de verdad significan una experiencia lectora, que te sumerge en un ambiente de sensaciones ajeno a tu mundo cotidiano. 
Hoy, por ayer, he recibido esta nueva publicación del autor. No he tenido ocasión de leer la presente versión pero sí el inmerecido honor de echar un vistazo a lo que podríamos llamar el manuscrito. Yo lo percibí como una continuación ambiental de aquella, con el mismo tono y personajes (prototipo de personajes). Me la reservo para una lectura reposada. 
Con el tiempo sigo pensando en Baile de Tapados como la novela más extraordinaria que he leído, en el sentido de completamente ajena a todo lo que he sido capaz de percibir en bastantes años en Canarias. (Resalto el yo porque quiero que quede claro que es el punto de vista de un mindingui que lee sin demasiado rigor). El estilo en esta novela es todavía heredero de aquellos propósitos innovadores, de exploración estilística y lingüística que se dieron en Canarias en los setenta y, ya lo dije en aquella nota, es deudora directa del estilo de Isaac de Vega, mejorando, a mi juicio al maestro, si no en la creación de esos ambientes fantasmales-onírico, sí en la depuración de su estilo.
Saludo esta nueva publicación y agradezco al autor que me haya hecho merecedor de esta primicia.

 

sábado, 29 de diciembre de 2018

Baile de Tapados, de Ignacio Gaspar

No sé si retomo este discontinuado blog, pero no quería dejar pasar el año sin hacer un comentario acerca de la novela más interesante que he leído este año Baile de Tapados, de Ignacio Gaspar. En su momento me escribí una reseña, que sigue:

Lo primero que hay que decir es que celebro el reencuentro con frases arriesgadas, de más de tres y cuatro líneas pero perfectamente coherentes, absolutamente comprensibles por estar cada elemento gramatical en su justa posición. Frases redondas que empiezan y acaban, y no se van por las ramas o se quedan colgadas terminando su lectura sin saber muy bien qué es lo que acabas de leer. Saludo esto porque la lectura de estas frases requiere una completa concentración, pero que resulta compensada con la sensación de completitud tras haberla leído.

"Insegura con curiosidad, María Cahína se acercó precavida al hueco del ventanillo y emparejó la hoja, colocó los ojos en la guía del postigo y contempló cómo las del rancho de máscaras habladoras que se habían anunciado desde los pedregales de Nicolás Sánchez, giraron en la esquina de la pared de Erasmo Gómez, llegaron hasta el corte, adentro y sobre la misma orilla de la raya de sombra de la boca de la cueva de Manuel Rodríguez, con las almas puestas al fresco, formaron terciadas una pared infranqueable, y quedaron esperando."

Podrá no gustar a un lector de estos tiempos de brevedad, pero a mí me complace que la frase esté perfectamente amarrada de principio a final, y que se pueda leer de un tirón, un poco exhausto, pero sin asfixiarse y sin tropezarse con palabras desritmadas, desafortunadas o cojas.

El ambiente es rural, pero un rural material, concreto, reconocible por aquellos que hemos vivido o nos han contado de una época que ya pasó -yo veo a mi abuelo perfectamente en uno de esos saraos de máscaras, y no de los más inocentes, por Tirajana, Taidía o por Guayadeque. Y al mismo tiempo de un rural mítico excesivamente poblado, y desolado, porque no hay apenas comunicación entre los personajes. No sé, reconoces ese ambiente, pero se te hace onírico. Hay multitud de términos de supuesto uso popular que yo desconozco -alguno he buscado en el diccionario y no he encontrado.

Es un libro que no se explica. Quiero decir que aparentemente las historias no llevan a ninguna parte, comienzan y terminan sin saber uno muy bien por qué. Tres historias claras: una primera las andanzas de María Cahina, otra segunda la de una especie de juego en el que unos le van pasando un testigo a otros, y la tercera el recorrido del carro azul claro con sus ocupantes. Todos parecen dirigirse a la Hoya de los Tapados donde se celebrará el baile de tapados o de carnaval.

Hay como un extraño protocolo de máscaras, donde cada uno se oculta a los otros, nadie revela su identidad, no se hablan directamente, no hay conversaciones, se cambian de traje si consideran que han sido reconocidos, para lo cual tienen trajes de repuesto ocultos en lugares oportunos.

Ocurren sucesos extraordinarios que son aceptados, si no con normalidad, no con escándalo. Y sobre todo hay multitud de preguntas. El diálogo interior de los personajes es expresado en forma de preguntas que muchas veces resultan extravagantes y otras perfectamente razonables.

Otra cosa sorprendente es la exasperante nomenclatura, aparecen personajes y personajes y aparecen lugares y lugares, nunca repetidos -que yo haya podido apreciar- todos haciendo referencia al poseedor: el muro de tal, la vuelta de cual, la casa de tal otro, el camino que bordea la heredad de sinigual, acaba uno completamente perdido preguntándose si hay un mapa o no hay un mapa de esta geografía o es completamente azarosa -es lo que sospecho.

Cada capítulo cuenta un progreso de la historia, o bien de María Cahina, o bien del traspaso del testigo, o bien del avance del carro.  En el libro anoté, a partir de un determinado número, los contenidos de los capítulos, cosas como: Clorinda Linares se sube al carro de Federico Machín. Se conocen mutuamente y se reconocen. Tensión, ninguno se ha contado al otro su participación en esto. O: Pasa el carro con dos incidentes: una ronda de conversadores echa pelotas al camino; Mariano Blanco verifica el paso del carro y da la señal. Federico Machín piensa en Clorinda.

El libro es un tanto inquietante. No lo he leído de corrido. Pero sí he conseguido por momentos introducirme en ese mundo -nocturno, silencioso, con gentes que pasan disfrazadas y en silencio, casi como fantasmas- Es una lectura curiosa, extraña, diría que difícil pero porque pienso que la mayoría de los lectores lo que busca es una lectura lineal, clara y precisa y con una historia muy destacada en la que esté claro adónde va y de dónde viene. Pues eso no es.

A mí me ha gustado. Me parece un libro incomparable. Apenas, y tal vez porque sé que el autor es claro admirador de Isaac de Vega, podría decir que recuerda a aquellas Fetasa y Parhelios y El Cafetín de don Isaac.







Supongo que no es una novela para cualquier público. Es una de esas obras que muy pocos tienen la paciencia de leer, como el Ulises de Joyce, dicho sea sin ánimo de comparar, porque no tienen nada que ver una con la otra, pero en lo que a mí respecta pueden estar lomo con lomo en la misma estantería. No soy nada mitómano, creo que Joyce se rascaba el culo como cualquiera. Celebro que haya gente que todavía escribe porque cree en eso de lo que todo el mundo habla y casi nadie sabe qué es lo que es... no, coño, el amor no..., tampoco la felicidad, joder, que tengo que  masticároslo todo