Pues uno de mis placeres hebdomadarios, además del bocadillo de jamón serrano con aceite y ajo de los sábados, es la lectura de la columna de Fabio García Saleh. También compongo el Sudoku y relleno el o los crucigramas. Guardo para el domingo la hoja cultural, donde está el artículo, siempre sorprendente y muchas veces irritante, de Juan Ezequiel Morales.
Me gustan las historias de don Fabio, que desvelan, si no secretas, ignoradas por mí, anécdotas acerca de lugares, calles, edificios, estatuas y personajes de nuestra benemérita ciudad, que contribuyen a que uno perciba el lugar en el que vive y al que está tan habituado que ha dejado de percibir, de otra manera, de una manera más, no sé, profunda; porque uno, con el hábito acaba viviendo de manera superficial. Por qué el nombre de esta calle, a quién se le ocurrió la construcción de ese edificio tan singular, quién es este señor o señora enterrado en esa tumba tan llamativa, con cada descubrimiento la ciudad, antes plana, se arma tridimensionalmente.
El estilo de don Fabio en sus artículos casi siempre adopta una configuración de diálogo, un diálogo a veces explícito entre el autor y alguien que le acompaña, y otras veces menos explícito porque el autor dialoga con un fantasma. Por lo general es el otro el que desarrolla el papel docente y nuestro autor el que procede a fingir preguntas que van encaminando y desplegando las explicaciones de una manera ordenada.
Esta manera de narrar es la que ha empleado en este libro cuyo tema central sería la obra de uno de nuestros conocidos pintores, Jesús Arencibia y un supuesto “secreto” que oculta. Rafael, un anciano con principio de alzheimer, que el narrador conoce casualmente en el avión que vuela a Gran Canaria, pretende escribir un libro explicando esos misterios que pueden leerse en la obra del pintor y que, supuestamente, desvelarían las debilidades dialécticas de la Santa Madre Iglesia. Debilidades relacionadas con su origen pagano y cuya esencia conservaría en muchos de sus, sobre todo, símbolos icónicos disfrazados de venerados santos. La obra de Jesus Arencibia, en efecto, parece estar muy relacionada con la iconografía cristiana, pero de una manera muy arrebatada, muy exagerada, incluyendo en esto las formas sobredimensionadas de los cuerpos y sus desmesuradas contorsiones que le obligan a uno a plantearse segundos y terceros significados. No soy yo muy conocedor de la obra de este pintor, y, supongo que presumiendo, el autor, lo mismo para la mayoría de sus lectores, ha tenido la magnífica ocurrencia de incluir algunas reproducciones en el interior del libro, en particular aquellas que han sido aludidas por Rafael mientras expone sus teorías sobre el significado que contienen al narrador, que, por cierto, nos habla desde un diario, publicado tiempo después de su nunca aclarada desaparición.
Rafael, decía, tiene el propósito de publicar un estudio sobre estas obras, pero no ha podido hacerlo ni ayudar a otros a que lo completen debido a que hay intereses reaccionarios y muy poderosos que están altamente interesados en que tal divulgación no suceda. Así, la novela toma la apariencia de una trama de misterio con organizaciones secretas y arcanos que no pueden ser divulgados; un poco, recordando, y en la propia novela se menciona, a la famosa El Código DaVinci.
Por otro lado, el personaje narrador, el del diario, tiene una historia detrás que va descubriendo y que casualmente está relacionada, aunque es una historia completamente paralela, con la trama principal. En este caso tiene que ver con el mundo oscuro de la magia negra y los compromisos con el más allá no cumplidos y que han de pagarse irremediablemente.
La novela cumple su principal propósito, declarado por el autor en la presentación del libro, que, por cierto, se realizó en la sala de reuniones del Cabildo de Gran Canaria, ante las pinturas murales del propio Jesus Arencibia que decoran sus paredes, de divulgar la obra de un autor grandísimo, a su juicio y que no ha recibido la debida atención en el mundo del arte. Ahora bien, como novela, a mi juicio adolece de defectos, en particular de esa más que explícita intención de divulgación. Quiero decir que la impresión que produce la lectura es la de que el disfraz novelístico es una excusa mal cubierta para el único propósito que es hablar del gran pintor. Y sin embargo la trama no está nada mal concebida, es muy atractiva, pero me temo que el secreto supuestamente guardado y que tan denodadamente se trata de evitar divulgar no está a la altura o no da esa impresión de tanta trascendencia. Tal vez es porque resulta algo impreciso. Más interesante está la trama secundaria, relacionada con el esoterismo y la supuesta magia negra, con sacrificios humanos incluidos que merecería una mayor profundización, porque me da la personal impresión, como lector, no como conocedor de esos temas, que la labor de investigación realizada a ese respecto es muy superficial.
El estilo, que como he ya mencionado, sigue la forma habitual del autor en sus artículos periodísticos, es claro y preciso, pero me temo que poco adecuado al que debe llevar una novela que requiere… no sé, menos «explicitud» (panfletarismo) o, por el contrario exposiciones más largas y profundas dando una impresión erudita del autor. No sé, que «construyan» novela, no que meramente den información, como es lo que le pedimos a un artículo periodístico. Cierto que la forma se corresponde bastante bien con la idea de un diario escrito sobre la marcha y con el claro propósito de narrar acontecimientos inmediatos.
En general me ha parecido una lectura interesante, como no podía ser menos dada mi afición a los artículos sabatinos, pero como novela me ha dejado insatisfecho sobre todo por, a mi juicio, un exceso de afán informativo – por cierto que el libro podría servir perfectamente como una guía turística para un recorrido por la ciudad siguiendo las obras de Jesus Arencibia– que va en detrimento del aspecto novelístico. En cualquier caso es de celebrar que se intente rescatar como hace este hombre sábado a sábado y a través de estos más trabajosos inventos la memoria de nuestra ciudad que no tiene nada que envidar a otras ciudades.

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